Recuerdo el calor denso de las tardes en el salón, ese bochorno que me invitaba a pegar la mejilla a la madera fresca del pupitre. Mientras la maestra leía La vuelta al mundo en ochenta días, el aire quieto de la primaria se sentía como un refugio, en esos tiempos sencillos donde siempre había pan en la mesa y el sol no quemaba, solo acompañaba.
Me gustaba jugar con mis amigos, especialmente con Julián, mi vecino de toda la vida. Fingíamos ser exploradores cruzando el desierto. Sin duda alguna, el sol de la tarde te transportaba al antiguo Egipto. Corríamos imaginando encontrar grandes tesoros y recibiendo la gloria de nuestras hazañas, todo antes de que sonara la campana. Éramos solo Phileas Fogg y yo en una carrera contra el reloj, nuestro único enemigo en común.
Pero el clima de mi vida cambió de golpe. El abandono de mi padre dejó un vacío ardiente que me obligó a ponerme al frente de una familia rota por la urgencia. Las cuentas no se pagan solas y el calor de hogar en mi amada Bogotá se volvió insoportable bajo la presión de mantener ese techo caliente para mi madre y mis hermanas. Así, empujado por el fuego de la responsabilidad, tuve que dejarlo todo atrás.
Mi viaje comenzó un 27 de abril. La ciudad ardía como si una llamarada abrasadora me persiguiera los talones. El guía me advirtió que llegaríamos a más tardar el 5 de junio, pues el viaje sería a pie. Resultaba irónico que mi viaje durara justo cuarenta días. Me ordenó no llevar nada más que una botella de aguardiente. Me explicó que las noches son tan gélidas que entumecen los tanates y los días tan calientes que el mismísimo infierno parecería una brisa suave como seda chocando contra tu cara, como las playas de mi hogar. Un hogar que, sin duda, conforme aumentaba la temperatura, me hacía recordar que estaba cada vez más lejos.
Cada paso en este gran viaje era una esperanza de no estar bajo este cielo inclemente. Mi mente, tratando de hacer ligero mi sufrimiento, rescató un recuerdo de cuando en clase mi maestra había invitado a un colectivo cuyo objetivo era ayudar a migrantes que se veían en la necesidad de salir de su país por una mejor vida. Llamó nuestra curiosidad con un dato que sonó más como una advertencia que ahora golpeaba con la fuerza de una sentencia:
—Niños, el cuerpo humano aguanta 43°C, después de eso, el cuerpo puede colapsar. Es por eso que les pedimos que cooperen con agua y comida, ya que nosotros, como zona de cruce, tenemos que ayudar a las personas que vienen en busca de mejores oportunidades.
Quién diría que, años después, la profecía de ese salón se cumpliría y que en algún rincón del mundo habría colectivos cuidando nuestros pasos. Me gusta pensar que es la forma en la que Dios no nos abandona.
Julián, aquel compañero de juegos que se había quedado huérfano desde los once años, decidió acompañarme en la caravana. Al no tener familia, no había nada en Bogotá que lo retuviera. Los días pasaban y las fuerzas disminuían. Comíamos lo que podíamos: raíces y pan mohoso. Cuando Dios nos socorría, nos quedábamos en albergues. Julián me daba su postre. Decía que no le gustaban esas barras rancias de amaranto, pero en el fondo sabía que lo hacía porque yo siempre me quedaba con hambre.
Conforme avanzamos, no tardamos mucho en llegar a la parte más peligrosa: el cruce del Río Suchiate en Tecún Umán. Allí un grupo de gente armada nos acorraló. No tuve oportunidad de esconderme ni del sol ni de los narcos. De pronto, Julián me llegó por la espalda, me tapó la boca y me dijo al oído:
—Siempre te tuve mucha envidia. Cuida a tu familia, tú que tienes una.
Un calor distinto me recorrió el cuerpo cuando Julián salió en mi lugar y se entregó a ellos, regalándome un día más para poder llegar.
Pasaron días antes de volver a hablar con alguien cuando Carlitos me empezó a hacer la plática. Me dijo que provenía de Santa Lucía. No sé dónde queda, nunca escuché de ese pueblo, pero me contó que tenía otros seis hermanitos y que por eso se había aventado a venir. Su mamá, a causa de su trabajo, perdió la vista. Su papá, al ver esta situación, no dudó en cruzar al otro lado, pero hace una semana le avisaron que no logró pasar el desierto de Sonora. Él, siendo el mayor, decidió venir. En eso teníamos algo en común. Me dijo:
—Te entiendo, Rober. La neta no es fácil, pero velo así: por lo menos, si morimos aquí, es una boca menos que alimentar.
No pude decir nada, solo tragué saliva. Pensé en todas esas veces que no pude agradecer ese vaso de agua que hoy se me hace más importante que una rebanada de pan. Cerré los ojos un segundo y me puse una meta invisible: aguantar los 40°C, grado por grado, como si pudiera domar al sol con el pensamiento. Me mentalicé para convertir mi cuerpo en una fortaleza que resistiera ese límite antes del colapso, estirando la vida solo tres grados más por si acaso Carlitos o yo necesitábamos un poco más de tiempo.
Ahora solo quedaba esperar el siguiente día para cruzar esa línea; esa que nos daría un día más para terminar nuestro viaje y, también, para ganar nuestra propia apuesta contra el sol y el reloj.
Foto de Harshit Suryawanshi en Unsplash


