Las flores tienden hacia la luz. Olvido mis pesares, las tormentas internas y los días terribles tras los rayos del sol. Miro al cielo y olvido mi nombre.
La marea dorada inunda con colores el entorno. De pronto, el azul es mar, el rojo, vino, el verde, selva. Y el dorado, vida.
Es como un palpitar. En el centro de nuestro sistema solar, un corazón de fuego emana el calor vital. Ha calcinado a Venus. Más allá de Júpiter llega muy poco de su calor. Sólo nosotros poseemos la sangre sagrada. Pum, pum, el día es la sístole, la noche, la diástole.
Incluso en los tiempos más primitivos existió el calor. Cuando el mundo era una masa acuática, ¿cuántas horas de paz consecutivas existieron cuando los protozoarios reinaban la Tierra? La marea y la costa rocosa. El quiebre de esas pequeñas olas forjó los primeros sonidos. Acaso sólo el sol y las nubes eran el único paisaje que por milenios la Tierra divisaba.
Late con fuerza. Nuestro pequeño sol, en el pecho, arroja la sangre a todo el cuerpo y nos da vida, eso lo aprendimos de nuestro astro solar. Pum, pum, y el oro rojo nos moviliza.
Vivo el calor desde la vida. Eso es axiomático. Desde la luz pura. Aunque a veces nos calcine. Desde el respeto al color dorado. Mirando al cielo por atardeceres completos, dándoles tregua a mis rabietas y a mi melancolía.
Como si se tratase de mi propio corazón, latiendo desde lo alto.
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