Recuerdo la vez que quería adquirir una litografía de una obra de Magritte en una casa de artilugios, y también cuando compré un botellón de artesanía de la cultura Paquimé en un festival del INAH. Ambas eran copias, claro está. Las dos venían acompañadas de una nota que describía la obra y de su certificado de originalidad como copia. Una vez adquirido, al menos el botellón, me contentaba mirándolo, como si se tratara de una auténtica antigüedad descubierta por un arqueólogo. Justo por esa época vi la película de Abbas Kiarostami, Copia certificada. Durante varios días me hice varias preguntas sobre la película y el arte. ¿Una obra vale más si ha sido tocada por las manos del artista? Si todo se trata de una de una estafa, ¿sigue siendo arte? ¿La película es un juego de realidades entre los sentimientos y la realidad de los personajes? ¿Podríamos nosotros mismos inventarnos copias de lo que queremos? Esto último, sin lugar a duda.
Entonces, después de ver la película, me sumergí entre las páginas de sitios web que ofrecían sinopsis y comentarios. Unos mencionan que la película se centra solamente en la relación sentimental, el occidentalismo, y otros temas que me resultaban lógicos, pero que las veces que he visto la película me resulta una cosa muy distinta. Sí, en efecto, hay una relación ambigua entre el escritor y la curadora de arte porque se parte de la idea de que es la primera vez que se ven. Sin embargo, los diálogos y las situaciones van poniendo en duda si es real o mentira. El paisaje de fondo es una ciudad encantadora de Italia, un toque conmovedor y romántico, que tal vez exalte el aura de sentimentalismo. Los personajes discuten sobre la originalidad ante las obras de museos y los deseos de la gente, cuando en ellos se va pintando una relación de un matrimonio en crisis. Con cada minuto crece la intriga, la búsqueda de alguna pista sobre el tipo de relación que tienen, o el esclarecimiento de la verdad. Cada escena suma una pequeña ambigüedad. La dueña de un café los ve discutir y piensa que son pareja. Él es americano y ella es francesa. Más adelante visitan un árbol que, según dicen, trae dicha a cualquier matrimonio, y se fotografían con una pareja de recién casados. Una pareja con la que debaten sobre el simbolismo de una fuente de un hombre abrazando a una mujer. Tal vez la protege de la violencia o del dolor.
Una colección de situaciones que hay que ver con cuidado. Hay miradas de complicidad, escarceos, abrazos, recuerdos ambiguos, y un deseo latente de que se haga realidad lo que vemos.
La película es exultante. El concepto de originalidad se traslada a una pareja. Podemos pensar que todo es falso. Que el contexto y el conflicto emocional de los personajes son una trampa tendida al público. La historia termina en una habitación de hotel donde alguna vez pasaron su luna de miel. El escritor tiene que irse a tomar el tren. Y ahí la realidad fulmina el encanto de la copia. Un lavado de cara. El escritor se mira al espejo, absorto, mientras aparece un paisaje de las azoteas de tejas. El cine es el escenario para las copias certificadas.
Foto de portada: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Abbas_Kiarostami_(1940-2016)_in_1977.jpg


