En la penitenciaría La Mesa, conocida coloquialmente como “El pueblito”, hay un lugar en el edificio dos al que llaman “El Ochito”. El hogar temporal de los indiciados, donde viven aglomerados y sin privacidad hasta ser reubicados a una estancia. La suciedad abunda, el piso funciona como cama y los tendederos de tortillas secas cuelgan de una esquina a otra en las celdas. Comparten un solo retrete entre más de veinte personas en una celda donde apenas pueden moverse sin empujarse. Todos se mezclan: primodelincuentes, habituales, reincidentes, de fuero común o federal. 

Estando del otro lado de los barrotes, mientras esperaba sus firmas para los planes de actividades, entendí que ser libres implica la posibilidad de equivocarse y asumir las consecuencias de nuestras decisiones. El delito no se define como una mala decisión, llamarlo de esa manera sería restarle importancia, sin embargo, los factores que conllevan a delinquir existen, y detrás de la comisión de un hecho ilícito hay una realidad y también una elección.

Al ser libres, somos responsables de nosotros mismos, ¿pero somos capaces de comprender lo que eso significa? ¿La libertad de la que tanto se ostenta alguna vez ha existido? 

En 2022, durante mi segundo año de la licenciatura en Criminología, entré por primera vez a una cárcel como parte de la materia de Psicopatología. Durante cuatro meses estuve escribiendo un análisis enfocado en un privado de la libertad del pabellón psiquiátrico. Como parte de la práctica, le realicé entrevistas y apliqué pruebas proyectivas para comprender el móvil del delito, su historia de vida y los factores que influyeron en su actividad delictiva.

Conocí a Antelmo un día en que la ansiedad lo estaba controlando y a pesar de eso la entrevista avanzó gradualmente. Fue detenido por delitos contra la salud en su modalidad de narcomenudeo y su sentencia fue de seis meses. Padecía un trastorno inducido por sustancias, esa información la conocía desde que me asignaron su caso, y en mi ingenuidad de ese entonces creí que con lo único que me iba a encontrar en su historia era con las carencias que había sufrido para haber terminado en ese lugar. 

Cada pregunta que le hacía la respondía sin ningún problema. Su entrevista inicial no estaba terminada, por lo que tuve que entrevistarlo como si recién hubiera ingresado. Durante varias sesiones repitió que Dios lo estaba castigando por lo que hizo, e indagando más en su infancia llegué a conocer el abandono de su madre y el abuso físico y psicológico por parte de su padre y otros hombres. 

Cada pregunta que le hacía, la respondía sin ningún problema. Su entrevista inicial no estaba terminada, por lo que tuve que entrevistarlo como si recién hubiera ingresado. Durante varias sesiones repitió que Dios lo estaba castigando por lo que hizo, e indagando más en su infancia llegué a conocer el abandono de su madre y el abuso físico y psicológico por parte de su padre y otros hombres.

Peyorativamente, los custodios lo llamaban “mi rata de laboratorio”. En una de nuestras sesiones, me dijo:

«Yo la vi, doctora».

«¿En dónde?»

«En mi celda. Se estaba riendo de mí».

Sesiones atrás le había aclarado y explicado que yo no era doctora, tampoco psiquiatra ni psicóloga, pero no comprendió lo que era un criminólogo. Era más fácil dirigirse a mí de una manera que le resultaba menos peligrosa. 

Antelmo tenía alucinaciones y en la penitenciaría no era atendido por nadie más que por mí, una actividad, que como practicante, no me correspondía, incluso cuando conocía las herramientas básicas y las pruebas, las cuales le apliqué sin ninguna instrucción o supervisión.  

En la quinta sesión me confesó el delito por el que no estaba siendo juzgado. 

De niño, Antelmo sufrió el mismo delito que cometió. No existe justificación para culpar a una víctima por la violencia que sufrió, por la inseguridad que la rodeaba ni por la falta de recursos. El propósito de mi proyecto escolar era indagar en su vida. Poco después comprendí que las víctimas dentro de las penitenciarías también existen y aún así, tampoco hay justificación para que una víctima se convierta en victimario. 

Cuando le conté a mi maestro —en ese entonces coordinador del área de Criminología del CERESO, que poco después pasó a ser subdirector de la Penitenciaría El Hongo— sobre lo que Antelmo me había dicho, lo que hizo fue que se rió y contestó que esos salen rápido. 

Antelmo era una persona que tuvo muchas dificultades en su vida, y esos factores lo llevaron a ser consumidor. La empatía que me pedían que le tuviera no existía. Los psicólogos insistían en que debía ser paciente con él porque era una persona que “carecía de sus facultades mentales”.

Al terminar mi proyecto perdí contacto con el privado, y un mes después, tal como lo aseguró mi maestro, lo dejaron en libertad. Nunca cumplió su sentencia.

Foto de Christina Boemio en Unsplash
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Stephanie Bonomi
Stephanie Bonomi (Tijuana, Baja California, 2001). Licenciada en Criminología, incursiona en disciplinas artísticas como el collage, la pintura, fotografía, y en la escritura con poemas y novelas de thriller y misterio donde combina su formación profesional con historias de ficción. Forma parte de antologías literarias de cuentos y poemas: Cuénticas por Amazonas Editorial (2023), Entre Almas Inefables por Aspargus Editorial (2024) y Lúgubre Umbral por Canephora Editorial (2024).

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