No soy dueña de un gato. Más bien, mamá ha asumido el compromiso de rescatar a todos los animales callejeros de Guasave. El primero, Panchito, era de un gris atigrado, gordo y cauteloso con todos, menos con ella. Junto a él, estaba quien mamá insistía que era su padre: un gato amarillo de lomo blanco (Viejo, lo apodé sin más), ruidoso al extremo, extremadamente consentido. Finalmente, Bonita, una gatita anaranjada que mamá encontró vagando por el pueblo de mi abuela, a veinte minutos de la ciudad.

Los tres murieron de enfermedades o padecimientos repentinos (al menos para mí, que no atestigüé sus síntomas anteriores por vivir en otro estado para estudiar la universidad).

1.

Panchito falleció una madrugada. Eran las dos, yo había terminado una partida por computadora cuando mamá me llamó y me pidió que bajara. Desde las escaleras comenzó a retumbar el eco de maullidos exasperados. Panchito estaba acostado y veía su pecho inflarse a la par de sus quejidos. Traté de acariciarlo para aliviar (quién sabe cómo) su dolor. Él pronto rechazó mi afecto y caminó a la esquina contraria de la sala para seguir maullando. Se orinó encima. Mientras mamá se lo llevó apresurada al hospital, yo trapeaba el líquido del piso marmoleado. Volvió pronto. El hospital no había abierto pese a ser 24 horas. ¿Verdad que no respira? Trató de confirmar conmigo y yo puse mi mano sobre su pecho inmóvil. Ante la falta de señales de vida, mamá sobó el cuerpo inerte de Panchito y lo despidió con ternura.

2.

El Viejo había tenido problemas de tumores. Pequeños bultos negros brotaban de su nariz. También era habitual que maullara con insistencia, sin motivo aparente. Por eso, me generó una sorpresa terrible cuando su llanto tuvo sentido: mientras caminaba, varias manchas rojas iban tiñendo el piso blanquecino a lo largo de la sala. Estábamos solo él, Bonita y yo. Llamé a mamá sin saber qué más hacer que abrazar al gato, inquieto por seguirse moviendo. Ella apareció unos veinte minutos después. De nuevo, condujo al hospital mientras yo volvía a sujetar el trapeador y a pasarlo por el suelo repintado de sangre. Ambos regresaron, el Viejo débil por la cirugía. Cuando mamá fue a trabajar la mañana siguiente, yo cuidé al Viejo como si le debiera esa atención que no había puesto a sus primeras señales de alerta. Me encerré con él en un espacio donde no pudiera estar con Bonita, en una estancia iluminada por un tragaluz a cuatro o cinco metros de altura. Lo acaricié con cuidado, como si de alguna manera mi contacto pudiera hacer maravillas y evitar una muerte inminente. En contra del pronóstico de mi madre, el Viejo fue reponiéndose los días posteriores.

Unos meses después, otro tumor apareció.

3.

La Bonita murió de una forma desconocida. A diferencia de las ocasiones anteriores, yo no estaba en la ciudad para atestiguar su deterioro. Recibí la noticia por una llamada, quizás  un mensaje de mamá, que no dio más información al respecto.

Mamá entonces se quedó sin gatos. Yo, sin poder ayudarla a acompañarlos o, al menos, a limpiar aquello que dejaron atrás.

Foto de Micky White en Unsplash
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Saori S. García Palacio
Saori S. García Palacio (Guasave, 2003). Estudiante de la Lic. en Escritura Creativa de la Universidad de Guadalajara, su producción oscila entre la poesía, el ensayo y la crónica. Ha colaborado en poesía en el Número 7: Dislocaciones (2025) en Iowa Literaria, revista digital del Máster de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Iowa.

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