Mi mamá quería un gatito blanco. La idea surgió en una conversación juguetona de mediodía y se convirtió en un capricho que le hice realidad en mi afán de ofrecerle un contraste a la negrura de nuestro gato Bécquer.
Mi amiga Montse me lo había obsequiado. Aún no tenía nombre. Su silencio e inquietud me producían ternura; lucía frágil y apenas comenzaba a responder ante los estímulos del exterior.
Al llegar a casa, mi papá y mi hermana estaban en la sala y Bécquer descansaba en el ropero, sin sospechar nada. Coloqué silenciosamente la caja en la mesa. Al escuchar los arañazos y luego los primeros maullidos, los dos voltearon intrigados. Mi padre, algo desconfiado, dijo que sólo podríamos tenerlo un momento. Mi hermana lo observaba con la curiosidad propia de su edad y, sin parar de sonreír dijo:
—Se llamará Azúcar—.
Y él fue así, dulce y blanco, como el azúcar. Sugar aniquiló mis aflicciones; las desechó sobre mis apuntes en forma de ese escurrimiento nasal propio de los gatos pequeños.
A pesar de la hostilidad inicial de Bécquer, aprendieron a convivir a su manera. Era una dualidad viva; Bécquer, tan taciturno, huraño y misterioso; Sugar, tan tierno, dócil y transparente. La casa se agitaba entre correteos y travesuras, y así estuvo por mucho tiempo. Hasta que Bécquer encontró su felicidad en el amable vecino a quien recibía todos los días frente a su puerta. Cuando este se mudó, Bécquer también se fue.
Sugar entonces se convirtió en el único gato de la casa. Siempre pensamos que era un gatito inusual. No era indiferente hacia sus dueños: nos recibía al llegar, le encantaba estar con nosotros en la sala, maullaba y también ronroneaba sin parar. Sugar se volvió la adoración de mi papá y su despertador peludo. Mi mamá y mi hermana no dejaban de besarlo y de olerlo. Sus diminutos pasos por las mañanas, la forma como tomaba agua con su garrita, se detenía en la ventana a observar el paisaje, sentía el sol y olía el aire, se convirtieron en parte de nosotros.
Sugar se quedó con mis padres y mi hermana. Me han dicho que se encuentra enfermo. Contemplo el paisaje tal como él lo hace. Quizá en este preciso momento él también esté en la ventana y nos encontremos sintiendo la misma brisa.
Sugar no lograba sanar. Tenía un linfoma, lo cual reducía su calidad de vida. Mi mamá me dijo que se la pasaba dormitando o contemplando el cielo. Ya casi no comía ni bebía. La eutanasia era inevitable.
Estoy en la ventana, deseando estar con él. Al poco tiempo mi papá llamó para decir que la despedida fue digna de un hermoso gato que nos había dado felicidad por tantos años. No me quedó más remedio que aceptarlo entre sollozos. Murió en sus brazos, mirando ese cielo que tanto le fascinaba y que, tal vez, lo llamaba y lo hacía soñar.
El día posterior a su partida fue nublado y triste. La ventana de mi habitación amaneció tan húmeda que el agua goteaba sin cesar. Mientras escuchaba el goteo, tuve la certeza de que mi vida ya no era la misma. Quisiera volver a tener esa caja entre mis manos, tener preocupaciones de estudiante y llegar a casa. Salí a la calle por las compras, pensando en sus ronroneos y en el aroma tan bonito de su frente.
Cuando llegué observé una libélula en la puerta blanca de la casa. No sabía si esperar a que se fuera o abrir con cautela. Algo en ella no me producía miedo; me pareció inofensiva, casi familiar. Quizá era Sugar, o eso quiero pensar: el cielo se lo llevó y lo convirtió en la libélula que tal vez soñaba ser en silencio, abstraído por el aire y el aleteo de los colibríes.



