Esta mañana, en la misa de las ocho, el párroco anunció la terrible noticia: apareció el cuerpo de la niña Marisol al lado del río, justo donde encontraron a su papá ahogado hace dos años, y donde suelen aparecer restos de gallinas, gatos y perros con listones negros o de colores. Nos pidió entonces que rezáramos por su llegada al cielo, para que goce de la vida eterna, porque ahora está con Dios. Yo oraré por ella cuando llegue a mi casa, y espero que su alma esté descansando en verdad.

Mientras me quito mi sotana roja, pienso en su sangre, y con el roquete me acuerdo del pelo blanco que tenía Marisol. Yo le decía “güerita Sol” de cariño, pero en la escuela le decían “la muertita” por sus pestañas invisibles, su pálida piel y por no poder tomar el sol. Incluso nuestra maestra llegó a llamarla así en frente del director y padres de familia, pero nadie pareció indignarse como yo. ¡Vaya que sufría la pobrecilla!

Mi madre nunca me dio detalles de lo que pasó con su papá, pero en este pueblo lleno de prejuicios, donde las personas como él son objeto de superstición y víctimas de la ignorancia ajena, no se puede vivir. Estamos seguros de que él se suicidó por eso mismo, y a la pobre Marisol, el rechazo y ese apodo verdaderamente la condenaron; estaba muerta en vida.

La última vez que la vieron fue en el patio de la iglesia, de la mano del párroco después de nuestro catecismo; llevaba un vestido largo y una diadema de flores, pero cuando la encontraron, no había rastro de ellos. Solo su piel desnuda y un tinte rojo corriendo en el caudal. Es raro que no sospechen del viejo.

Te gustaba cuando te llamaba ‘güerita Sol’, ¿verdad? Debo pedirte perdón por lo que te hice, pero sabes que fue en nombre de nuestra amistad. Hoy todos rezamos por ti, incluso el niño Artemio, que te cortaba el cabello para molestarte. Extendemos nuestras plegarias para que estés con Dios, con tu papá y tu abuelita. Ya nadie te niega la paz que mereces. Ojalá comprendas que fue por tu bien.

Por cierto, sé que no te llevarán a enterrar, así que el martes por la noche te devolveré tu vestido. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.

Foto de Mateus Campos Felipe en Unsplash
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