Debo admitirlo, lo mejor del viaje a Corea fue lo que nadie posteó. La renta del kimono, las fotos de los cerezos en flor, las selfies de “risa tímida” y del “signo de la paz”. Todo estaba sincronizado y medido. No hubo en vivo, video reacción —como la de “probando kimchi”— ni reel que escapara del itinerario. Desde la salida del aeropuerto, pasando por las compras, el capítulo intenso de la cirugía —por supuesto—, hasta el regreso. Absolutamente todo fue grabado con precisión.
Por la cantidad de Tik-toks, cualquiera imaginaría que Ariadna no se guardó nada del viaje. Pero no, en esto se equivocan. Yo siempre he dicho, “si no lo posteas, no lo viviste”. Quizás por ello perdí el vídeo. En verdad, me aterra la idea de encontrarlo. A veces pienso que “aquello” aparecerá en mi scroll un día de estos, con la notificación “recuerdo de viaje”. Me lleno de angustia. Quisiera regresar a K-orea solo para encontrarla, para salvarla. Aunque —segunda cosa por admitir— cuando veo su Insta, esas ganas se me quitan. Ella está allí: bailando, sumando seguidores, sonriendo con perfecta ortodoncia, nariz nueva y piel de princesa. Disfrutando todo el pretty privilege que sus padres pueden comprar.
Por eso es que realmente no puedo decirles si la que murió fue Ariadna. Para su asombro y también el mío, solo diré que ni antes ni después del viaje la conocí bien. ¿Quién lo hacía? Sé que es —¿era?— mi prima. Pero no fuimos cercanas hasta que descubrimos que las dos amábamos K-orea. Sí, así K-orea, como le decíamos, porque era nuestra ilusión, nuestro mundo, nuestro sueño. Frente a la Corea que todo mundo siente real, nosotras teníamos a K-orea: la tierra del K-pop y los K-dramas.
No es de extrañar que al cumplir 18 años sus padres le regalaran el viaje de su vida —¿o de su muerte?—. “Puedes llevar a alguien”, le dijeron. Así me beneficié de su caridad. Supongo que fue justo, después de todo, ella llevaba tiempo explotando la mía. Y no me refiero solo a mi habilidad como fotógrafa o en la edición de vídeos, sino al favor que yo le hacía de existir a condición de ser una sombra frente a la que más se engrandecía.
Tercera cosa por admitir. Ariadna sabía manejar muy bien el doble discurso. Me llamaba “nena hermosa”, pero no perdía oportunidad de hacerme sentir fea. Me dio una pulsera de amistad el día que se acostó con mi novio. Me trajo a Corea, pero terminé sirviéndole de “resuelve-todo”. De alguna forma, incluso desde antes, yo ya había pagado este viaje.
La última noche que estuvimos en la tierra de la calma matutina fue precisamente eso lo que se agotó: la calma. No sé si la incomodidad de la cirugía o los medicamentos la alteraron. Esta vez ya no pudo fingir más.
—Solo una foto cool, ¿de verdad? Es lo mejor que puedes hacer. Llevas horas con la estúpida cámara y no puedes iluminar bien mi rostro. ¿Es mucho pedirte, en comparación con lo que he gastado? Vamos, haz un esfuerzo.
Después de ofenderse, salió a cenar. Me dejó en la habitación preguntándome qué hacía yo en ese lugar, sola y con el estómago vacío. Cuando al pasar la media noche no regresó, me preocupé. Por más segura que fuera la ciudad, no podía dejarla a su suerte. La encontré dando tumbos fuera de un bar, alcoholizada y perdida. Traté de ignorar las palabras de una ebria, pero su actitud agresiva era seria, pero contenida. Supongo que se detuvo porque aún me necesitaba para llegar a su habitación. Aunque ya en el hotel, las cosas cambiaron. Dentro del elevador comenzó a decirlo todo: mis apodos, lo de mi novio, cuánto le molestaba, en fin. Tomé el teléfono y la grabé. Este sí que era su fin. La funa estaba cerca.
Juro que no me hubiera importado destruirla así. Pero, de repente, al llegar al piso 4, una voz comenzó a resonar: “Sa”…”sa”…”sa” cada vez con más fuerza. Cuando las puertas se abrieron allí no lo dudé: la empujé fuera. Es extraño, nadie había llamado en ese piso, pero las puertas se abrieron como una boca enorme que de tanta hambre, quisiera devorarlo todo. Y Ariadna desapareció.
En momentos de confort me digo que solo la empujé y la vi caer en el pasillo. Me convenzo de que al día siguiente regresamos a casa sin dirigirnos la palabra, es todo. Sin embargo, hay momentos en los que la duda me embarga. ¿Qué fue lo que realmente pasó?
Sé que las cirugías te hacen cambiar, pero esa nariz y esos ojos eran tan…Tan perfectos que no podían ser de verdad. Su rostro terminó siendo una de esas caras que produce la Inteligencia Artificial: tan genéricas que podrían ser cualquiera y a la vez nadie. No sé si ella se quedó allí en ese piso, si la persona que volvió es la misma que se fue, o sí esa Ariadna podría ser yo. Al menos sé que sigue allí, alimentando al algoritmo con sus muy perfectas coreografías K-pop. Aunque tal vez en algún dispositivo se encuentra la historia de una desaparición y muerte. En fin, espero nunca encontrarlo porque ya saben: si no lo posteas, no lo viviste.
Foto de Yeon Lee en Unsplash


