Nunca fue a la universidad. No porque no quisiera. Porque el dinero no alcanzaba, porque el padre se lo gastaba en polvo blanco, porque la madre aparecía y desaparecía como una estación de radio mal sintonizada. Quiso ser bióloga pero vivir en esa casa era insoportable. Tuvo que trabajar y al llegar ser cuestionada por su padre “por no aportar en la casa” con esa baba blanca, todo estaba lleno de basura y botellas de alcohol y amigos de su padre que intentaban ligársela. En la Generación Z, la universidad sigue siendo un mandato: título, trabajo, estabilidad. Ella nunca pudo con el mandato. Así que aprendió sola.

Aprendió a leer el silencio antes que los libros. A los cinco años, en el departamento de cincuenta metros cuadrados donde vivía con sus hermanos, el silencio significaba que el padre no había vuelto. El ruido significaba que había vuelto mal. La violencia en su casa no era un accidente. Era una constante. Una constante que ella aprendió a medir en decibeles: el portazo, el golpe en la mesa, el vaso que se estrella contra la pared. Después, cuando creció, descubrió que otros hogares no eran así. Que había padres que volvían a casa y preguntaban “cómo estuvo el día”. Ella nunca supo qué responder. Y eso la llenó de inseguridades.

No tener título universitario, en su mundo, era una herida doble. Por un lado, la mirada de los demás: “¿y qué hacés?” “Trabajo en una imprenta”. “¿pero de qué vivís?” “¡Ya te lo dije!”. De la certeza de que, si no escribía en la imprenta en sus horarios laborales, se iba a romper por dentro. Por otro lado, la propia: a los veintiun años, ver a sus ex compañeros del colegio con diplomas, con trabajos estables, con vidas que parecen armadas con instrucciones de Ikea, y que en el fondo miraba con envidia. Ella, en cambio, armaba su vida con restos, y había creado una armadura de hierro. Un resto de casa aquí, un resto de país allá, un resto de familia que a veces la quería y a veces no.

La violencia no fue solo la de su padre. Fue también la de la sociedad que le enseñó que su cuerpo era un territorio a conquistar. A los dieciocho años, cuando volvió a su país, los hombres no le preguntaban su nombre. Le preguntaban su apellido, su colegio, su barrio. Era una ficha, no una persona. La ficha determinaba si servía para ser novia o para una noche. Ella aprendió rápido a mover las piezas del ajedrez, a dar la información justa, a no entregarse nunca del todo. Pero el cuerpo, a veces, traicionaba la estrategia. El cuerpo recordaba los golpes, los portazos, los vasos contra la pared. El cuerpo se crispaba cuando un hombre se acercaba demasiado. Y ella, que quería ser libre, descubrió que la libertad también duele. Eligió ser célibe.

No haber ido a la universidad le dio una ventaja inesperada: no tiene dogmas. No repite lo que le enseñaron porque nadie le enseñó nada. Lee a Roa Bastos, Tolstoi y romances donde todo es perfecto para evadir la realidad, sin el filtro de los manuales. Supo que la sociedad y el canon son una construcción de poder, no una verdad revelada ni mucho menos meritocracia. Por eso escribe sobre el exilio, sobre la dictadura, sobre el silencio, sobre el amor que nunca tuvo con el que le gusta soñar. Eligió alejarse de ese mundo y vino a México y trabajó, y leyó, leyó mucho y se atrevió a escribir aunque nunca mostraba sus escritos por miedo a que la juzgaran como su padre cuando le dijo “egocéntrica” y “mentirosa” por haber escrito un ensayo sobre la violencia familiar.

Sus inseguridades no son las de la falta de técnica. Son las de la falta de permiso. ¿Quién es ella para escribir? ¿La hija de un adicto? ¿La hermana de nadie? ¿La amiga que no terminó la secundaria en tiempo y forma? ¿De qué país es? Esas preguntas la persiguen cuando se sienta frente a la computadora. Pero escribe igual. Escribe aunque le duela. Escribe aunque nadie lea. Porque escribir es la única forma que encontró de ordenar el caos. De poner en palabras lo que el cuerpo no puede olvidar.

La violencia que vivió no la define. Pero la atraviesa. En cada relación, en cada despedida, en cada miedo al abandono. Su madre biológica la dejó. Su padre se fue muriendo en vida, dosis a dosis. Ella aprendió que el amor no es un piso firme, sino una apuesta. Y ella, que no sabe jugar a los dados, prefiere el ajedrez: cálculo, estrategia, distancia. Pero el ajedrez también cansa. A veces quiere perder. A veces quiere que alguien le gane, pero con ternura. Eso no lo enseñan en ningún libro.

Nunca fue a la universidad. Pero escribe mejor que muchos que fueron. No porque tenga un don, sino porque tiene una herida. Y las heridas bien contadas, a veces, se convierten en literatura. No es un consuelo. Es una constatación. Ella escribe desde el exilio, desde la clase baja, desde el cuerpo femenino que aprendió a decir no antes de aprender a decir sí. No escribe para la posteridad. Escribe para no enloquecer.

Si esta crónica llegara a manos de un editor, seguramente preguntaría: “¿y esto para qué sirve?” Sirve para que una chica de veintidós años, sin título, con un padre adicto, una madre ausente y una vida de mudanzas, sepa que su historia importa. No porque sea única, sino porque es de las que no se cuentan. Son de las que leen tus parientes para juzgarte.

No sabe si algún día vivirá de esto. Lo único que sabe es que cuando escribe, el silencio de su infancia deja de ser una amenaza y se convierte en una herramienta, la herida todavía tiene pus pero le sirve para vomitar crónicas.

Es domingo y está amaneciendo. Acaba de terminar otra crónica. La casa está en silencio, por fin, silencio y dos gatos lejos a 6700 km. El padre ya no está. Ella está sola, frente a la pantalla, a los veintinueve años y una vida por delante que no sabe si será literatura o será fracaso. Pero escribe. Y mientras escribe, existe.

Foto de Hannah Olinger en Unsplash
Previous articleViaje a K-orea
Next articleFelis catis
Sophia Estragó
Sophia Estragó nació en Paraguay en 1996. Vivió en España como asilada política desde los cinco hasta los dieciséis años, pasando por varios países. Eligió su destino por primera vez al venir sola a México, donde lleva una década y donde encontró la verdadera libertad después de tanta represión.

16 COMMENTS

  1. A veces lo más difícil no es escribir un libro, sino animarse a compartirlo. Me alegra mucho que hayas dado ese paso. Detrás de este libro hay mucho más que páginas: hay esfuerzo, paciencia y la decisión de creer en ti misma. Muchas felicidades!

  2. Woww que historia más fuerte y al mismo tiempo siempre buscando la forma de superarse, me dejó impactado toda la narrativa como con cada palabra te hace que de identifiques ya sea de una forma u otra porque yo como muchos me hubiera gustado estudiar pero nunca hubo los medios y como te va transportando a ese momento a ese dolor y a todas esas ganas de vivir.

  3. Escribe para no enloquecer está hecho con sangre, sudor y memorias celulares de su autora.

    El mismo corazón resiliente que bombea por esas venas de escritora nata (cuando se nace con ese don, aunque ella dice que escribe desde la herida, difiero: la herida es inspiración y narrativa, pero el don está), ese corazón tierno y salvaje al mismo tiempo representa en su escrito una situación tan avasalladoramente global en las infancias que crecen en hogares donde el amor es sustituido por enfermedades sociales como el abuso de sustancias y el abandono; padres que no sostuvieron emocional ni económicamente a sus hijos, y entonces crecen y hacen lo que pueden y como pueden…

    En este caso, el texto nos muestra esta obra tan hermosa que es la protagonista, nos representa este espíritu femenino que, a través de las heridas, de las grietas, permite que entre la luz. Y esta luz se vuelve sentimiento, idea; se arremolina en historia, se palpa en la narrativa, se vierte y se vuelca en un texto que sacude y mueve al lector que posa sus ojos en él.

    Y ella es vivo ejemplo que el pasado nos marca más no nos define. Que es posible, siendo ella vivo ejemplo, el tomar los miedos que se incrustaron por los traumas del pasado, e ir en pos de los sueños, a pesar de la duda, de los que dudan, de los que juzgan.
    Ya quiero leer más de esta increíble escritora, Sophia Estrago.

  4. Increíble, increíble forma de relatar una vivencia tan infinitamente cruda y real, una manera de expresarse que te acerca a la emoción contenida en las líneas. Definitivamente una muestra de resiliencia y del poder que tiene la escritura en momentos decisivos de la vida.

  5. Orgulloso de que tengas la valentía de poder publicar algo tan profundo y compartir al mundo entero, felicidades sophi!

  6. Me encantó. Tiene mucho sentimiento el lector pude sentir el dolor. Tiene emociones muy fuertes. La narrativa es súper buena. Te lleva por completo al lugar desde donde escribes..
    ¡Eres una genial!
    Tienes muchísimo potencial.
    👏🏽👏🏽👏🏽🌹🌺💛

  7. Ya llevo un tiempo conociendo a Sophie, y siempre me sorprende y a la vez no, porque me sorprende como expresa su sentido pero me sorprende que siempre tenga tanto talento y sabiduría. Te quiero, Sophie

  8. Leer este texto me conmovió profundamente. No solo por la historia que cuenta, sino por la honestidad y la sensibilidad con la que está escrita.

    Admiro enormemente la capacidad de transformar experiencias tan difíciles en palabras que invitan a la reflexión y generan empatía. Conozco a la autora y sé que escribir no es simplemente algo que hace; es una parte esencial de quien es. Ha leído, observado y vivido con una profundidad poco común, y eso se refleja en cada línea.

    Estoy convencida de que su propia historia, con todas sus luces y sombras, es precisamente lo que le da la voz tan auténtica que tiene. Este texto no solo narra una vida; también demuestra el poder que tiene la escritura para dar sentido, memoria y esperanza.

    Estoy segura de que este es solo el comienzo de un camino literario muy prometedor. Estoy muy orgullosa de vos Sophi!

  9. Wow!!… Logras que uno conecte con la historia y con las emociones detrás de ella. Sentí mucha honestidad en cada párrafo, así como dureza y la fuerza de alguien que no se dejó hundir en las sombras. De todo corazón mucho éxito Sophie 💜!!

  10. Increíble en su honestidad y vulnerabilidad. Hermosa la forma en la que escribes Sophia. Nunca dejes de compartir lo que creas con palabras.

  11. Wow, mi admiración y respeto para ti, yo sin ser una gran lectora considero que eres una gran escritora; simplemente con tener el coraje de compartir algo tan personal y que al lector nos mueve nuestras fibras. Te deseo todo el éxito del mundo!!!!

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here