Ariel, con sus once años, me miró con sus ojos color avellana. Estaba pensando. Había pasado un mes desde que lo conocí. En ese tiempo fuimos a comprar plantas acuáticas, tomamos café sin que él supiera que no tenía cafeína y escuché su amor por los peces de agua dulce. No los salados, los dulces. Él es un niño superdotado.

—Ya estoy preparado —dijo mirándome fijamente.

No entendí. Mientras su madre y yo tomábamos café y nos reíamos.

—Para el abrazo.

Semanas atrás, su madre le había dicho que me abrazara. Yo lo escuché. Él también. Se quedó quieto, mirando el piso. Entonces le dije: “No. No me vas a abrazar ahora. Me vas a abrazar cuando tú te sientas preparado.”

En mi infancia, no me gustaba que me abrazaran. Los brazos de los demás siempre me apretaban demasiado. Odiaba esa costumbre de que desconocidos, amigos de mis padres, me tocaran. Era invasivo. Nunca aprendí a abrazar. La crítica siempre era “Anastasia no sabe abrazar”, como una burla. En realidad no quería abrazar a nadie y seguía sin quererlo. Conforme crecí, me encantó la idea de solo dar la mano y un beso en la mejilla si era mujer, o simplemente nada. 

Pasaron los días. Ellos viajaron. Yo cuidé sus peces. Raskólnikov nadaba en círculos, indiferente. Ese nombre se lo había puesto yo; Ariel me dio el gran poder de nombrar a su nuevo goldfish. Comencé a tenerle cariño a esos peces, que antes no me importaban. 

Hasta que un día me llamó desde el teléfono de su madre para que fuera a ver el crecimiento de sus peces. Miré las peceras y él se acercó y me dijo que estaba listo. ¿Listo para qué? 

Me abrazó. No fue rápido, no fue por compromiso. Fue lento, apretado, con los dos brazos. Un abrazo que decía “confío en ti”.

Nadie me abrazó así sin querer algo a cambio. No hay abrazo más grande que el que te dan cuando no lo pediste, pero lo estaba esperando. Y yo, que creía que ya no necesitaba que me abrazaran, descubrí que sí. Que siempre lo había necesitado. Y desde entonces, siempre me da abrazos aunque no se los pida. Lo cuido cuando su madre tiene que trabajar sola para mantenerlos. No estoy ahí por obligación. Estoy ahí porque quiero. 

A veces pienso que es un ángel que a mis veintinueve años me enseñó a hacer algo tan simple: recibir abrazos de cariño y devolverlos.

Previous articleApollo
Sophia Estragó
Sophia Estragó nació en Paraguay en 1996. Vivió en España como asilada política desde los cinco hasta los dieciséis años, pasando por varios países. Eligió su destino por primera vez al venir sola a México, donde lleva una década y donde encontró la verdadera libertad después de tanta represión.

14 COMMENTS

  1. Es bastante emotivo y mi personaje favorito es roskolonikov sin duda el mejor personaje del año y se merece todos lo premios y pellets del mundo, muchas gracias Sophia por este texto.

  2. Me gustó mucho. Estoy muy orgullosa de ti. Me encanta como escribes. El abrazo es muy tierno. Soy tu fan número 1

  3. El relato me parece de lo más conmovedor en un momento cotidiano que puede ser pasado por alto. Aquí tiene un espacio. Los abrazos desinteresados. Muy buen texto!

  4. Felicidades Sophia; que gusto verte aquí de nuevo me encanta lo que escribes y los temas que tratas, En este caso me párese fabuloso la importancia que le das a un abrazo, eso me hace reflexionar el respeto que se debe tener a los demás porque a esa persona ya sea un niño o un adulto está entrando en tu espacio y tú en el suyo, que no solo es la distancia si no en los sentimientos.
    Créeme que voy a estar esperando tus nuevas publicaciones.

  5. Lindo y tierno relato. No sé porqué pero me da la impresión de que Sophia tiene algo de Ariel, los abrazos tal vez no se le daban por su historia personal, Pero podría apostar que eso cambió cuando llegó a México! Somos un pueblo de abrazos y Apapachos, Sophie no pudo ser inmune a todo eso! Felicidades, ha Sido un buen inicio! Abrazote!!! 🤗

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here