Tenían la particularidad de emitir ondas mudas que rebotaban en las paredes de la nada. Una fue escrita con tinta negra, amaba rondar las galerías de arte, especialmente aquellas que estaban llenas de objetos inconclusos. La otra estaba compuesta por millares de puntos de tinta carmesí, era una palabra brillante en todos los sentidos, pero guardaba un secreto, una carga de muerte tras su belleza libia. 

Ambas eran distintas, pero saltaba a la vista una similitud de espíritus en su composición, pues, quien las escribió lo hizo de una manera ceremonial, poco a poco, con puntos y no con trazos. Porque la construcción de las palabras consagradas al limbo del pensamiento es lenta, minuciosa en cada detalle; ningún punto es igual al otro, cada uno marca una pizca de algún nivel de eternidad, en este caso, mezclada con tinturas vegetales o con el polvo del kermes vermilio. 

Cierto día, sus caminos terminaron por cruzarse en uno de esos cuadernos de arte que, como edificios destinados por igual al deleite y a la curiosidad, se exhibían en las calles británicas de los 60´s. La conjunción era inevitable. En cuanto les fue posible, dividieron, desordenaron y fusionaron sus componentes más elementales e inventaron fracciones de idiomas que pocos han llegado a conocer. Se fueron desligando lentamente de la forma, dejando atrás los límites de la grafía para volverse una sola nota con múltiples posibilidades de expresión, una de esas manifestaciones acústicas que solo se utilizan para imaginar la sinfonía de la creación, del caos y su paso a la nada.  

Y, aunque después de aquello se vieron obligadas a separarse por algún tiempo, no tardó mucho para que decidieran jugar nuevamente al Edén, esta vez en un hotel de paso. Tomaron fotografías y rieron frenéticamente hasta consumirse en la calma tras acabar con varias copas de whisky. Se ajustaron al tiempo de la noche, los cuerpos estaban quietos y los corazones producían un sonido parecido al de varios metrónomos en acoplamiento. 

Sin embargo, en algún momento, por aquella rendija que para todas las cosas permanece abierta, se coló una mano negra con el fin de despedazar aquella armonía llena de disonancias. Primero vinieron tres balas de punta hueca, dos disparos en la cabeza y un agujero en la aorta. Luego, una agonía de brevísimos instantes desgarró la nota máxima. Fue cortando los hilos, separando los puntos y convirtiendo en sangre la tinta, que fluyó abundante sobre las sábanas y el cuerpo de una mujer de belleza libia, de piel casi tan oscura como el ónix. Sin embargo, no era la única víctima. Una jovencita se aferraba a ella con obstinación y ternura. Parecía intentar no sorber el vacío que se extendía, imponente, sobre lo invisible. Todo estaba sucediendo demasiado rápido para acompasar el ritmo de la conciencia de su corazón, naturalmente lento, como el de la mayoría de las criaturas sintientes. 

Ni siquiera había tenido tiempo de germinar un breve atisbo de conciencia, necesario para dar forma a un grito, un quejido, una lágrima cuando, de repente, un nuevo disparo quebró el aire. En tan solo unos minutos, el asesino había cambiado a muerto frente a sus ojos, aunque no por primera vez, y ese era el único detonante que necesitaba.

No entendía cómo ni por qué, su memoria siempre regresaba en ese momento. Y, cada vez que ocurría, sentía la misma desesperación abrirse dentro de ella, como si algo se rompiera y, después, la obligaran a pisar sus restos afilados, a seguir siempre los mismos pasos. Pero, a pesar de eso, a pesar de todo, no se daba por vencida. Confiaba en que algún día podría liberarse del castigo, habitar nuevamente y sin interrupciones esa realidad que la había constituido a ella y a su amiga predilecta. Para ello, solo quedaba representar el último acto de la trama y despedazar el telón de bruma, con la esperanza de conseguir la nulidad de su condición. 

Como tantas otras veces, se lanzó por la ventana.

Mientras tanto, en el mismo lugar, pero en una época distinta, alguien despertaba sobre aquella cama con los ojos llenos de lágrimas. No entendía por qué esto le ocurría todas las noches, ni tampoco por qué en la habitación número 111, siempre a esa hora, el aire que agitaba las cortinas traía consigo un olor intenso. A veces el olor a sangre, a veces el olor a tinta.

Foto de Nathan Wright en Unsplash
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Victoria Marín Fallas
(San José, Costa Rica, 1991) es filóloga clásica, poeta, narradora y ensayista. Actualmente dirige el medio costarricense Revista Virtual Quimera y la editorial Ave Nocturna. Ha publicado en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es autora de La Edad de Hierro (Medusa Editores, 2022).

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