No hacía mucho tiempo que supe de los fantasmas que acechaban mi taza de café en mi barra cotidiana. Fantasmas programados, siempre a la misma, hora en el mismo lugar, para un café igual al de ayer y, seguramente al de antier.
Se esfuman casi distantes al otro extremo del lugar, intocables como sombras fugitivas al mediodía. Y como fantasmas, nunca sabes a dónde van ni dónde se esconden el resto del día. Solamente quedan los rastros pícaros, como manchas de su paso, tazas medio vacías esperando ser encontradas para empezar de nuevo.
Casi como un ritual es aquel olor. Las bayas dulces, recién tostadas, parecieran llamarlos a manifestarse corpóreamente, en masa, preguntando ¿De dónde es tu grano?
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