La carretera al pueblo es una vieja conocida. Desde muy niño, me recuerdo en el asiento trasero, a veces disfrutando de los paisajes fugaces y otras contando las placas que comenzaban con la letra ‘P’ o con el número siete. Me gustaba ver cómo desaparecía la ciudad desde arriba mientras comenzábamos a rodear las montañas, cuando las ventanas del coche se empañaban y los pinos apenas se veían del otro lado de los vidrios nublados. El sueño nunca me encontró dentro del auto. El camino siempre tuvo mi total atención. Por eso, además del juego de las placas, de las ciudades que desaparecían y las montañas que rodeábamos, encontré una particular fascinación por los montones de florecitas apiladas frente a cruces a lo largo de la carretera.

Desde que pregunté a mi madre por qué existían esos pequeños altares en los lugares más aislados del camino, se volvió para mí un recorrido solemne aquel que nos llevaba al pueblo. ¿Cómo podíamos pasar con tal indiferencia por los lugares exactos donde la muerte se había hecho presente? Traté primero de alcanzar a leer los nombres en aquellas plaquitas diminutas que pasábamos a más de cien kilómetros por hora. Se trató claramente de una tarea imposible. Entonces probé adivinarlos. Pensé que quizá el solo intento de nombrarlos aliviaría mi sensación de estar profanando el camino y así aligeraría el peso de mis huesos. Al pasar por cada crucecita pensaba en unos cuantos nombres, aun sin saber exactamente cómo podría recibir respuesta o confirmación. Esperaba que, en una de esas, algo en mí supiera que había acertado.

La primera vez que ocurrió sentí mi cuerpo tensarse de pies a cabeza y una bolita ardiendo en el centro del estómago. Cualquier viajero inexperto lo habría confundido con un simple mareo. Después vino el frío, demasiado en las manos y casi nada en las sienes. Al final, una sensación de que alguien oprimía muy suavemente mi pecho. Ni siquiera la anticipación de aquella sensación me permitió explicarla. Tuve esa ansiada y terca certeza de que se llamaba Marisol. Desde la curva parecía observarme sin realmente hacerlo. Con cierta inocencia en sus ojos, se entretenía viendo pasar los coches a la orilla, sentada descalza junto a sus flores. 

Tan pronto le conté a mi madre, ella pidió organizar una misa para Marisol. Algo en sus ojos grandes y tristes me hizo comprender que Marisol no podía irse después de haber esperado tanto tiempo. Para mí, fue ella quien le pidió a las demás cruces de la carretera que me revelaran sus nombres. Recordé los juegos durante el recreo y el hechizo que hacía salir a todos de sus escondites: “Salvación por mí y por todos mis amigos”. Sigilosos, saldrían todos de lugares inimaginables, conjurados por mis palabras. Como entonces, no necesitaba saber dónde estaban para saber que estaban allí. Así, Marisol, con sus ojos oscuros, y yo, con mis presagios, fuimos recordando nombres uno a uno. Isabel y Esteban, tomados del brazo, miraban hacia un tramo recto del camino. Anastasio, vestido de sastre, miraba en dirección contraria. Unos, ansiosos, aguardaban algo; otros, resignados, sabían que eso que esperaban los unos ya había pasado. Todos cansados, se hacían presentes como vigilantes del camino.

Cada vez me volvía más receptivo. Entre más nombres se me revelaban, menores eran ese supuesto mareo, el frío de mis manos y el tacto en mi pecho. Después de un rato, no era más que un viento que me atrapaba y me dejaba ir inmediatamente en un suspiro. Resultó insostenible pedir misas por todos ellos. En cada viaje veía sus rostros agotados, sus cuerpos que existían en una calma inquietante y sus nombres creando ecos en mi cabeza. Mi madre optó por enredar un rosario al espejo del coche. El mismo que llevo, desde entonces, para recorrer aquel camino solemne.

Creo que ya he descubierto todos los nombres. El viaje es casi silencioso, pero la intensidad de sus miradas calienta el aire del coche y me sofoca con su recuerdo. Aprieto las manos al volante y siento como se pegan por el sudor. Mi saliva se vuelve más densa, el asiento me consume, mi pie en el pedal se vuelve pesado. Mi esposa respira intranquila, puedo sentirla también. Los ojos se le van sin querer al velocímetro, al rosario que cuelga. Sé lo que hace, aunque finge estar pendiente solo del camino frente a nosotros. 

“Bájale”, me dice al fin. No sé por qué mi pie se sigue hundiendo en el acelerador mientras mi mandíbula se endurece. Los he salvado a todos, eso creo. Ahora me observarán recorrer esta carretera eternamente, mientras ellos permanecen atrapados en el instante que los reclamó. Mi esposa insiste, impaciente. Los cristales se empañan, pero sabría exactamente dónde estoy si tuviera los ojos cerrados. Cualquier lugar es el mismo: tan solo un espacio entre las flores, el olvido y el cansancio. Ella me pide una vez más que frene. Por fin, mi pie cede. Nuevos nombres resuenan en mi cabeza.

Foto de pavel ondera en Unsplash
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Jimena Cuevas Sánchez
Jimena Cuevas (Ciudad de México, 2003) estudió la Licenciatura en Matemáticas Aplicadas por la Universidad Panamericana. Ganó el primer lugar en el 21º Concurso Nacional de Cuento Preuniversitario Juan Rulfo, organizado por la Universidad Iberoamericana. Disfruta mucho de la música, la escritura y el baile.

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