Milo, con la piel pálida que arrastraba desde niño, daba vueltas por el cuarto. Solo oía el goteo de la lluvia contra el piso. Pasó sus dedos finos por la mata oscura de su cabello, grasoso por los días sin higiene.

Contaba los pasos y pensaba en los años que aún lo separaban de la libertad. 

En las palmas llevaba cicatrices rojizas que marcaban un mapa de sus días como samurái, cuando su honor se perdió en la violencia. El tobillo izquierdo estaba atrapado por un grillete, más que metal: una marca de su batalla perdida. 

A veces imaginaba que, en el futuro, solo los carroñeros tendrían el honor de admirar sus restos y se preguntarían quién fue. Pese al cautiverio, el pueblo no lo olvidaba. Todavía se susurraba la historia del niño que huyó de la aldea para derribar demonios con la espada de su padre. Decían que su mirada era un filo de acero y sus ojos, color de mar tormentoso, veían en la penumbra más densa. 

En su segunda noche en aquel faro, Milo se sentó en la ventana, encogiendo su cuerpo con una agilidad que desafiaba sus cadenas. La luna iluminaba cruelmente el abismo que lo separaba del suelo. Calculó los metros hacia la libertad, una caída que, en ese cuerpo, solo le costaría la vida. El brillo lunar parecía brindarle una promesa silenciosa. Milo cerró sus débiles párpados y dejó que la belleza de la noche se filtrara en su sueño, añorando la ligereza y el instinto de una vida sin cadenas.

El ruido de la guardia lo despertó de golpe. Ya no sentía el frío de la piedra, sino el rocío nocturno en el pasto. Parpadeó. Sus pupilas, adaptándose a la oscuridad, confundido por la intensidad de los olores y la cercanía del suelo. Alzó la cabeza, el faro era ahora un punto insignificante en las alturas.  

Se sintió ligero y extrañamente hábil, con electricidad que le recorría el lomo. Intentó dar un grito de guerra, un rugido de libertad, pero de su garganta brotó un suave maullido. 

Foto de Anna Evans en Unsplash
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