Creación de ensayo: Vivir entre silencios
PRIMER LUGAR
Lo que no se dice también duele: silencio, violencia digital e identidad en los entornos contemporáneos
Piénsese en la última vez que alguien dijo algo que dolió; no a gritos, sino en voz baja. O peor: sin decir nada. Un mensaje leído y sin respuesta, un comentario que pareció una broma pero que siguió resonando horas después, una mirada en el salón que nos hizo sentir fuera de lugar. Estas pequeñas violencias no dejan rastro visible, pero tienen la capacidad de reorganizar la vida entera de quien las recibe. Y lo hacen, precisamente, desde el silencio.
Hablar de violencia cotidiana suele evocar imágenes concretas: un golpe, una agresión, algo que pueda señalarse. Sin embargo, existe otra forma de violencia que opera de manera inversa: cuanto menos se nota, más daño causa. El sociólogo Pierre Bourdieu la denominó violencia simbólica, definiéndola como aquella dominación que se ejerce sin coerción directa, a través de estructuras tan normalizadas que quienes las padecen terminan por reproducirlas sin cuestionarlas (Serrano-Barquín y Ruiz-Serrano, 2013). En este esquema no hay un agresor fácilmente identificable ni un momento exacto de inicio; solo hay una acumulación silenciosa de mensajes que dicen: «aquí no encajas», «aquí no vales», «aquí es mejor que te calles».
Hoy, las redes sociales son el escenario donde esta acumulación ocurre con mayor rapidez y menores consecuencias para quien la ejerce. Un comentario anónimo tarda segundos en escribirse, pero puede tardar años en olvidarse. Una métrica de «me gusta» mide, sin que nadie lo haya pedido, el valor de lo que alguien piensa, de cómo se ve o de quién es. El filósofo Byung-Chul Han (2013) describe estas plataformas no como espacios de libertad, sino como panópticos digitales: lugares donde cada usuario vigila y es vigilado simultáneamente, donde la transparencia no libera, sino que obliga. Se nos obliga a exhibirnos de cierta manera, a editar la vida antes de publicarla, a construir una versión aceptable del «yo» para una audiencia que, en su mayoría, desconoce a la persona detrás del perfil.
La teoría de la espiral del silencio de Noelle-Neumann añade otra capa de complejidad: los individuos callan al percibir que su opinión es minoritaria, lo que distorsiona la opinión pública y refuerza narrativas dominantes que pueden ser falsas (Alonso Marcos, 2010). El silencio, en este contexto, no es un estado pasivo; es un mecanismo de control social.
Las consecuencias de esta dinámica son tan documentables como graves. Estudios empíricos demuestran que el ciberacoso —facilitado por el anonimato y el silencio de quienes observan sin intervenir— correlaciona positivamente con síntomas de depresión, ansiedad y baja autoestima, afectando el rendimiento académico, la vida social y el desarrollo profesional de las víctimas (Lucas-Molina et al., 2022; Nixon, 2014). Flores y Browne (2017) documentaron cómo las redes sociales reconfiguran los procesos identitarios de los jóvenes, generando dinámicas donde la violencia simbólica opera de forma encubierta. Un rechazo expresado como broma —ese comentario casual dicho entre risas que la mente, sin embargo, procesa con total seriedad— no deja evidencia visible para nadie más. Quien lo dice quizás ni lo recuerde; quien lo escucha puede cargar con ello durante semanas, preguntándose qué hizo mal o por qué no logra encajar y no puede señalarlo sin parecer «exagerado», sin que le digan que está malinterpretando las cosas, permitiendo que la propia duda lo silencie antes de hablar.
Los efectos del silencio se intensifican en momentos de transición, como el traslado de estudiantes foráneos a nuevas ciudades o instituciones educativas. La dificultad para integrarse de inmediato en un entorno desconocido genera un estrés de aculturación, caracterizado por sentimientos de aislamiento, rechazo y ansiedad que la mente intenta procesar en silencio (Urzúa, 2017). En ese intervalo donde la nueva realidad aún no encuentra acomodo, el deseo de pertenecer se vuelve urgente. Esa urgencia puede empujar a buscar afecto en lugares equivocados, a callar necesidades para no incomodar o a interpretar señales ambiguas como algo más de lo que realmente son. Avendaño Castro et al. (2021) han documentado la presencia de violencia simbólica en entornos universitarios donde los mecanismos de exclusión suelen disfrazarse de normalidad: el estudiante que nota que sus preguntas incomodan, el que viene de fuera y no descifra los códigos del grupo, el que carga una identidad que no encaja en la norma implícita. Nadie le pide que se calle, pero el entorno ya le ha enseñado, a fuerza de señales, cuánto puede costar hablar.
Este escenario no es una abstracción. Pensemos en un joven estudiante que, al mudarse para iniciar su carrera, experimenta el peso del aislamiento. En ese estado de vulnerabilidad, desarrolla un vínculo emocional intenso con otra persona motivado por el deseo de protección y estabilidad. Cuando un comentario casual —lanzado como broma, pero recibido como rechazo— no puede ser procesado verbalmente, el silencio interno detona una crisis emocional: no por la broma en sí, sino por la incapacidad de nombrar el miedo al abandono y la pérdida de valor propio. El joven busca ayuda fuera de los circuitos convencionales se refugia en vínculos fugaces, creyendo erróneamente que en ellos hallará la validación que le falta. Al final, el cuerpo termina por gritar lo que la mente calló.
Es solo cuando acude al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y externaliza por primera vez el dolor que cargaba en silencio, que comienza un proceso real de recuperación. No necesitó un milagro; simplemente necesitó ser escuchado. Ese mismo impulso lo lleva a compartir en su perfil de redes sociales un enlace al Proyecto Trevor —organización dedicada a la prevención del suicidio en jóvenes LGBTQ+ (The Trevor Project, 2024)— con la esperanza de que otros hallen ese recurso antes de que el silencio escale. Es un gesto pequeño, pero es el gesto que rompe el ciclo.
Existe, sin embargo, una distinción que vale la pena trazar: no todos los silencio s son iguales. Hay uno que devora —el que aísla y convence de que el dolor es permanente y merecido— y hay otro que antecede a la petición de ayuda. Este segundo silencio no es una rendición, sino el umbral desde el que es posible construir algo diferente. Sánchez et al. (2023) proponen que el silencio en comunidades marcadas por el daño, puede resignificarse: dejar de ser un síntoma de derrota para convertirse en una pausa antes de la voz, una forma de protegerse mientras se reúnen fuerzas. La pregunta clave no es si alguien calla, sino si tiene a dónde ir cuando esté listo para romper ese silencio. La respuesta a esa pregunta depende en gran medida de lo que construye el entorno a su alrededor: si hay espacios seguros, si hay personas dispuestas a recibir lo que el otro no está diciendo, si hay instituciones accesibles que no exijan que el dolor sea «perfecto» para poder ser atendido.
Construir una cultura de paz, en este contexto, no empieza con grandes discursos ni en las políticas institucionales, empieza en algo mucho más pequeño y difícil: en la disposición a recibir lo que el otro no está diciendo. En no responder con una broma cuando alguien muestra una grieta. En no exigir que los vínculos sean siempre funcionales y presentables. En recordar que detrás de cada perfil hay una persona que también se equivoca, que también busca y que también puede romperse.
La violencia anónima de los entornos digitales no se combate solo con algoritmos o con leyes, sino con una ética del cuidado que se practica en lo cotidiano, en lo pequeño y en lo que nadie ve. No se trata de volverse invulnerable, se trata de aprender que la vulnerabilidad puede nombrarse. Y nombrarse es, en última instancia, el primer gesto de que uno está aquí. Romper el silencio no solo sana a quien lo carga; humaniza a quien escucha.
En síntesis, el silencio afecta la verdad al distorsionarla en contextos sociales, amplificar el daño de la violencia digital anónima y exacerbar crisis individuales derivadas del estrés de aculturación y del rechazo emocional. Sus consecuencias-baja autoestima, ansiedad, depresión y deterioro en la vida escolar, profesional y social- subrayan la urgencia de romperlo mediante la expresión honesta y el apoyo institucional accesible. La violencia que más daña no es la que grita, sino la que convence a la víctima de que el silencio es su único refugio. Desmantelar esa convicción es quizás el acto de paz más profundo que podemos ejercer en una cultura donde la violencia se ha vuelto, normal y anónima.
Referencias
Alonso Marcos, F. (2010). La evolución de la teoría de los efectos de los medios de comunicación de masas: la teoría de la espiral del silencio a partir de la construcción de la realidad social por parte de los medios de comunicación de masas. Repositori UPF. https://repositori.upf.edu/bitstreams/239a43c7-1218-45ef-9337-cd3b6b83fa32/download
Flores, P. y Browne, R. (2017). Jóvenes y patriarcado en la sociedad TIC: Una reflexión desde la violencia simbólica de género en redes sociales. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, 15(1), 147–160. https://doi.org/10.11600/1692715x.1510908032016
Han, B.-C. (2013). La sociedad de la transparencia (R. Gabás, Trad.). Herder. (Obra original publicada en 2012).
Avendaño Castro, W. R., Linares Giraldo, M. y Morales Mosquera, M. E. (2021). Violencia simbólica en instituciones de educación superior: Experiencia de docentes en una universidad pública colombiana. Revista Colombiana de Ciencias Sociales, 12(1), 140–164. https://doi.org/10.21501/22161201.3392
Lucas-Molina, B., Pérez-Albéniz, A., Solbes-Canales, I., Ortuño-Sierra, J. y Fonseca-Pedrero, E. (2022). Bullying, cyberbullying and mental health: The role of student connectedness as a school protective factor. Psychosocial Intervention, 31(1), 33–41. https://doi.org/10.5093/pi2022a1
Nixon, C. L. (2014). The impact of cyberbullying on adolescent health. Adolescent Medicine: State of the Art Reviews, 25(1), 143–158. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC4126576/
Sánchez-Jiménez, M. H., Delgado, L. P. y Quintero, J. A. (2023). Lenguajes del silencio como coexistencia pacífica en víctimas sobrevivientes de la violencia armada en Chalán, Sucre (Colombia). ÁNFORA, 30(55), 251–273. https://doi.org/10.30854/anf.v30.n55.2023.954
Serrano-Barquín, R. del C. y Ruiz-Serrano, E. (2013). Violencia simbólica en Internet. Ra Ximhai, 9(3), 121–139. https://www.redalyc.org/pdf/461/46128387007.pdf
The Trevor Project. (2024). Guía: Prevención del suicidio en juventudes LGBTQ+. https://www.thetrevorproject.mx/recursos/guia-para-la-prevencion-del-suicidio-en-juventudes-lgbtq/
Urzúa, A. (2017). Afrontamiento del estrés por aculturación: inmigrantes hispanoamericanos en Chile. Papeles de Población, 23(94), 1–28. https://www.redalyc.org/journal/647/64753989018/html/

