Creación de ensayo: Vivir entre silencios
TERCER LUGAR

Cuando pienso en entornos donde la violencia no siempre es evidente y parece habitar el silencio, lo primero que viene a mi mente son las redes sociales.

Tenía 17 años y acababa de abrir mi cuenta de Instagram cuando recibí uno de mis primeros mensajes: un usuario anónimo envió una imagen de contenido sexual explícito acompañada de una amenaza de agresión sexual. Recuerdo que en ese momento me asusté, lloré y me sentí profundamente confundida. Durante mucho tiempo no supe cómo procesarlo, especialmente porque cuando lo compartí a través de redes sociales como una forma de evidenciar lo ocurrido, la respuesta fue una mezcla de indignación superficial y normalización, en la que parecía que la responsabilidad era mía por no ser más cuidadosa con mis interacciones en el medio.

Con el tiempo, llegué incluso a percibirlo como algo que simplemente sucede en las redes sociales, algo que era mejor dejar pasar antes que detenerse a pensarlo demasiado o “dramatizarlo”. Como si la única salida fuera acostumbrarse, asumir que las personas “son así” y que no hay mucho que hacer para cambiarlo, y que el silencio era incluso una forma de calmar mi propia inquietud.

Sin embargo, ese silencio tanto mío como de los demás, siempre me resultó incómodo. Con el tiempo entendí que no era un silencio neutro, sino uno que normaliza, minimiza y desplaza la violencia hasta volverla casi invisible, aunque siga teniendo un impacto profundo.

En la actualidad, soy consciente de que lo ocurrido en ese entonces no fue un hecho aislado ni una experiencia que simplemente debía “superar” por el hecho de haberme adentrado en la llamada era de la información, sino un acto de violencia que, aunque en apariencia no dejó una marca visible, conmocionó profundamente mi ser.

La sociedad ha evolucionado, así como las formas de interacción humana, lo que ha dado lugar a nuevos entornos donde la violencia también se manifiesta. Las redes sociales, por ejemplo, se presentan como espacios de conexión, comunicación y ruido constante; sin embargo, también están atravesadas por un silencio de complicidad, miedo, deshumanización e indiferencia frente a hechos violentos que, aunque no siempre se reconocen como tales, generan incomodidad y, con frecuencia, son callados.

Desde esta experiencia, parto de la idea de que el silencio no es la ausencia de violencia, sino una de sus formas más persistentes y en las redes sociales, el ruido constante de la comunicación convive con un silencio que normaliza, invisibiliza y sostiene la violencia cotidiana.

En el contexto de dicho silencio, he intentado entender por qué en estos espacios la violencia aparece con tanta facilidad y algo que he notado es que en redes sociales las personas no siempre actúan igual que en la vida cotidiana, pues muchas veces se atreven a ser violentas y a no reconocer limites en sus acciones.

En primer lugar, siempre he creído que la violencia no es una característica natural del ser humano y que gran parte de estas conductas depende de la cultura y del entorno en el que las personas se desarrollan, ya que la violencia es, en gran medida, un comportamiento aprendido y socialmente condicionado.

En segundo lugar, las redes sociales pueden entenderse como un espacio intangible pero profundamente presente, donde el ser humano tiene la posibilidad de estar más comunicado que nunca e interactuar en un espacio público. Sin embargo, es precisamente en este entorno donde comienza a producirse una progresiva deshumanización de las relaciones, al asumirse como un espacio donde “todo está permitido” bajo la idea de las redes sociales habilitan nuevas formas de interacción sin límites. En consecuencia, la violencia en estos medios tiene muchas formas: mensajes de odio, insultos, amenazas, burlas constantes, acoso, difusión de contenido sin permiso o ataques repetidos hacia una persona o grupo. Muchas veces estas acciones no se reconocen como violencia porque se han vuelto tan comunes que parecen parte esencial de estos medios de comunicación.

A partir de esto, es importante señalar que las redes sociales no deberían representar, por sí mismas, un espacio donde se perpetúe la violencia. Por el contrario, deberían funcionar como espacios de conexión, intercambio de información y desarrollo social. Sin embargo, la falta de límites claros, la ausencia de corrección ante conductas violentas e incluso la normalización de la omisión y el silencio frente a estas prácticas contribuyen a que la violencia se reproduzca y se consolide en estos espacios, que además suelen percibirse como lugares sin consecuencias debido a la ausencia de contacto físico directo.

En este contexto, me resulta importante señalar los mecanismos que permiten que la violencia se manifieste con tanta facilidad en las redes sociales.

Uno de los factores centrales es el anonimato, que permite que las personas actúen bajo identidades digitales separadas de su identidad cotidiana y real, lo que facilita una desconexión entre acción y responsabilidad. A esto se suma la sensación de invisibilidad que produce la ausencia de contacto físico y de señales no verbales, generando la percepción de que nadie observa y, por tanto, de que no existen consecuencias inmediatas.

También influye que en redes sociales no existe la obligación de responder en tiempo real y reduce la exposición directa a las reacciones emocionales del otro, lo que muchas veces debilita la empatía. Asimismo, considero que en estos espacios las personas y su humanidad son minimizadas a una imagen abstracta o simbólica. Finalmente, la minimización de la autoridad dentro de las redes sociales contribuye a la percepción de que no existen jerarquías ni límites claros, reforzando la sensación de impunidad.

A partir de ello, considero que es posible entender que la violencia en estos entornos no solo se presenta de una forma, sino que hoy en día se reconoce como violencia digital, la cual incluye distintas manifestaciones que no siempre son reconocidas como tales, ya que suelen estar normalizadas o justificadas bajo la idea de libertad de expresión.

Sin embargo, lo que permite que estas prácticas se sostengan no es únicamente su expresión directa, sino también el entorno que las tolera. En este punto, el silencio adquiere un papel central: no como ausencia de comunicación, sino como complicidad que se expresa en la indiferencia, la omisión o la falta de cuestionamiento. Es el silencio de quienes observan sin intervenir, normalizan lo ocurrido y que, por miedo o desgaste, deciden no nombrarlo. Así, la violencia digital no solo se ejerce, sino que también se sostiene en lo que no se dice.

Ante este panorama, surge una pregunta inevitable: ¿cómo es posible construir paz en un entorno donde la violencia se ha vuelto cotidiana, anónima y normalizada? Si bien las redes sociales facilitan estas dinámicas, también están conformadas por individuos que, aunque interactúan desde la distancia, forman parte de una misma colectividad.

En este sentido, la construcción de paz implica reconocer la responsabilidad individual dentro de lo colectivo: cada acción, cada comentario y cada silencio contribuye a la forma en que se configuran estos espacios.

Romper con la normalización de la violencia no requiere grandes gestos, sino la disposición de nombrarla, cuestionarla y no justificarla como parte inevitable del entorno digital. La transformación no depende únicamente de las plataformas, sino de la forma en que las personas deciden relacionarse dentro de ellas.

Recuperar la empatía y reconocer la humanidad del otro detrás de cada pantalla son pasos fundamentales para reconstruir formas de convivencia menos violentas.

En última instancia, la construcción de paz en entornos digitales no surge del silencio ni de la indiferencia, sino de la decisión de mirar, nombrar y no callar aquello que lastima. Por ello, considero que “vivir entre silencios” no es solo habitar espacios donde la violencia se oculta o se normaliza, sino también reconocer que esos silencios pueden ser interrumpidos.

En un entorno donde la violencia se ha vuelto anónima y cotidiana, la paz comienza precisamente en lo contrario: en la responsabilidad de no guardar silencio.

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