Creación de ensayo: Vivir entre silencios
SEGUNDO LUGAR

Silencio es lo que pedimos muchas veces cuando nos encontramos cansados; sin embargo, ¿qué es el silencio en realidad? Según la Real Academia Española, el silencio se define como la falta de ruido, con sinónimos como paz, sosiego, tranquilidad y reposo, por lo que no es casualidad que, al estar estresados, busquemos lo busquemos.

Desde mi perspectiva, el silencio es el espacio donde he podido lograr un autodescubrimiento significativo, conectar con mis pensamientos y con aquella parte de mí que normalmente no soy consciente de que existe. Sin embargo, este regalo también puede convertirse en una maldición, dependiendo del contexto y de las experiencias que se viven día con día.

A través de este ensayo, reflexionaré sobre el silencio no solo como un espacio de calma, sino también como una forma de violencia que puede manifestarse desde el ámbito personal hasta el social donde a través de distintos contextos adquiere diversos significados que pueden contribuir a la paz o la exclusión.

En esta época, donde la inmediatez es lo esperado y la sobreestimulación está al alcance de nuestros dedos, el silencio puede convertirse en una tortura, una forma de castigo e incluso en un sinónimo de soledad. Cuando pensamos en la soledad, solemos definirla como la ausencia de compañía; sin embargo, ¿un niño sentado junto a ambos padres, mientras estos observan sus celulares pendientes de las nuevas tendencias, podría considerarse realmente acompañado? ¿Aún en un restaurante familiar donde el ruido es palpable?

Según Harry Stack Sullivan, la soledad puede definirse como una experiencia no placentera causada por la carencia de intimidad en las relaciones con otros; es decir, por la falta de conexión emocional durante las convivencias sociales. Esta idea se vuelve cada vez más evidente en la era actual, donde incluso en lugares tan transitados la soledad y el silencio entre las personas se hacen notorios. Dos veces al día, cinco días a la semana, camino por el transbordo de la estación del metro Atlalilco, donde solo se escucha el eco de los pasos; las personas chocan entre sí y no se disculpan, mientras la música en sus audífonos es más fuerte que su propia respiración.

En estos espacios, el ruido mental puede ser tan intenso que se busca callarlo con música y videos, creando una paradoja en la que, aunque el entorno esté lleno de sonidos, las voces y la humanidad parecen no estar presentes. Así, se configura una realidad donde existe ruido mental, silencio ambiental y, en las relaciones, ruido digital y silencio social.

Esto puede considerarse normal cuando pensamos que, en muchos espacios públicos, las personas no se conocen entre sí; sin embargo, ¿qué sucede con espacios como las escuelas? que son lugares de convivencia y aprendizaje donde se busca la generación de conocimiento, lo que algunos consideran un segundo hogar al convivir gran parte del tiempo en ellos. En estos contextos, la situación puede ser igual o incluso más preocupante.

Esto no se limita solamente a la relación con el docente, sino que también se replica entre los compañeros. En la actualidad, la validación social muchas veces se mide a través de reacciones digitales, donde un comentario, una opinión o incluso una experiencia pueden quedar enmudecidas si no reciben la aprobación esperada. Se configura así un silencio en las conexiones, donde vale más un “like” o una reacción que una llamada, y donde la desaparición del sentimiento de soledad es solo temporal, sostenida por el consumo constante de comentarios y reacciones.

El diálogo ha quedado de lado frente a alternativas más simples, como dejar de reaccionar o dejar de seguir a alguien en alguna red social cuando ocurre un malentendido, en lugar de buscar una conversación que permita comprender lo ha pasado. Además, se espera que todos compartan las mismas opiniones y conocimientos sobre la cultura digital que el resto, lo que puede generar exclusión para quienes no cumplen con estas expectativas.

De esta manera, las convivencias que ocurrían antes de iniciar la clase se han ido desplazando hacia un silencio constante en el aula: antes, durante y después de las clases.

¿Pero entonces seguir tendencias es malo? Por supuesto que no. A través de ellas se puede conectar, crear sentido de pertenencia y encontrar personas con intereses similares. Sin embargo, surge una pregunta importante: ¿Qué sucede cuando las tendencias solo escuchan a unos y callan a otros?

En ocasiones, lo verdaderamente importante queda desplazado por temas que, aunque pueden ser relevantes para ciertos grupos, terminan invisibilizando problemáticas que afectan a muchas personas. Así, se ignora lo esencial del mundo mientras lo trivial ocupa el espacio de atención colectiva.

El silencio no solo ocurre en las conversaciones cotidianas; también se construye en las historias que se cuentan y en aquellas que se omiten. Existen relatos que se repiten tantas veces que parecen ser la única verdad, mientras que otras voces permanecen invisibles. Cuando solo se escucha la versión de quien tiene el poder, las demás historias quedan relegadas al silencio.

Recordar el peligro de escuchar una sola historia implica reconocer que muchas realidades quedan fuera del relato dominante. En ese sentido, el silencio no es solo ausencia de palabras, sino también ausencia de representación, de memoria y de reconocimiento, donde importa más lo que hace ruido que lo que permanece mudo, porque quien tiene el poder tiene el micrófono más grande.

Entonces, ¿qué sucede cuando las voces que más necesitan ser escuchadas quedan fuera del relato colectivo? Infancias, estudiantes y cualquier persona, incluyendo a quien escribe y a quien lee estas palabras, pueden ser invisibilizadas y calladas por miedo, por falta de apoyo o por una exclusión que se ha vuelto normal. A veces, esta violencia cotidiana se esconde en frases tan simples como “no lo escuché”, palabras que parecen pequeñas pero que, repetidas, silencian historias, emociones y experiencias que merecen ser reconocidas.

Al iniciar este ensayo me planteé la pregunta de qué ejemplos podía mencionar que estuvieran en mi vida cotidiana; sin embargo, al voltear a ver alrededor descubrí que no solo bastaba con mi experiencia, sino que tenía que pensar en los demás, en lo que tal vez otros han vivido. Mirar y reflexionar sobre ello es también una forma de dejar de enmudecer a otros, de reconocer que cada silencio puede ocultar una historia que merece ser escuchada.

Construir una cultura de paz no significa eliminar el silencio, sino aprender a escuchar lo que hay detrás de él. Implica abrir espacios para el diálogo, cuestionar aquello que se ha normalizado y reconocer las voces que han sido ignoradas por miedo, indiferencia o costumbre. La paz no se construye únicamente evitando la violencia visible, sino también rompiendo los silencios que invisibilizan y excluyen: al escuchar al pequeño niño que nadie oye, al pedir disculpas cuando se hiere a alguien y al reconocer la variedad de historias que existen alrededor, se le pasa el poder de voz a alguien más.

Para mí, el silencio no es lo malo; la reacción que se busca lograr con este es lo aterrador. Cuando el silencio se usa para callar, excluir o ignorar, se convierte en una forma de violencia cotidiana. Pero cuando se usa para escuchar, reflexionar y comprender, puede convertirse en el primer paso para construir una convivencia más justa y verdaderamente pacífica.




Referencias
Adichie, C. N. (2009). The Danger of a Single Story. TED Talk.
Sullivan, H. S. (1953). The interpersonal theory of psychiatry.
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