Salí con Lia por medio año, en ese tiempo revolvimos todas las letras del alfabeto en las cartas que nos escribimos. Cuando sentí que había llegado el momento de formalizar nuestra relación, se lo propuse cantándole una canción que escribí. Inmediatamente noté en su rostro un ademán de desconcierto. Pensé que no le había gustado, y cuando le propuse mis intenciones, me dijo que no estaba lista para una relación formal. Me quedé en shock por unos minutos y me propuso que tuviéramos una relación abierta, lo cual no me gustaba en lo absoluto, ella me propuso que cada quien podía salir con otras personas, siempre y cuando la otra parte tuviera conocimiento. En ese momento no me pareció lo mejor y le dije que no; yo sí quería formalizar lo que teníamos y ella me dijo que no podía: si no estaba de acuerdo, lo mejor era alejarnos. Al principio acepté y me alejé, mientras le di miles de vueltas en mi cabeza, invadido por tantas rumiaciones que no la dejaban abandonar mi memoria, aunque hoy se ha dispersado su recuerdo.
         Al día siguiente de que terminamos, me hizo llegar todas las cosas que le había prestado y regalado. Nadie sabía que estábamos saliendo porque así lo habíamos acordado, aunque me gustaba la sensación de misterio cada vez que estaba con ella. Subíamos fotos simbólicas: dos rebanadas de pastel, dos piernas cruzadas y dos rostros pegados, donde solo se percibía un ojo de cada persona.

¡Ay! Me disculpo por tantas cursilerías, pero no tenía con quién compartirlo. La versión completa se la mandé por audio a Azul, pero desde la semana pasada no me contesta. Además mi audio se ha perdido entre los reels que nos enviamos cada quien. También pienso que se pudo enojar cuando ofendí a su ex novio, pues hace poco regresaron por novena vez. No le he preguntado si le incomodó mi opinión sobre él, solo espero que se encuentren bien.
         “¿Alguna vez has amado con tanta intensidad y te has quedado con palabras sin decir?”. Recibí una llamada para unirme al podcast de Ren y, por supuesto, le dije que sí. Cuando llegué a su estudio, me dio una hoja con el guión para la transmisión. Ya frente a la cámara, el trípode del camarógrafo moderó mi comportamiento; la idea de que escucharan mis berridos hacía que mi voz se entrecortara en la grabación. “¿Puedes repetir la pregunta?”, alcancé a decir. Cada vez que soltaba algún dato muy confesional, los nervios me ganaban, mientras el otro invitado hablaba del amor con mucha elocuencia:
         “El love bombing es el nuevo síntoma del amor líquido. Todas mis situationships derivan en lo mismo. Solo una vez duré un año con pareja, pero la última vez que entregué el corazón me aplicaron el peor ghosting de mi vida. Busqué por todos los medios a mi “vínculo no jerarquizado”, como ella bromeaba; llamé a su casa sin recibir respuesta, hasta que un día la vi en la calle. Ella se sonrojó, esquivó la mirada y soltó la mano de quien yo sabía que era su vínculo jerárquico del pasado. Desde entonces dejé de insistir, y cuando me relaciono con alguien, siempre es de forma abierta”.
         “Damn, bro, I feel you, por dos, me pasó algo similar…”, expresé, pero inmediatamente me contuve y opté por terminar con una opinión ensayística sobre el amor caballeresco comparado con el amor líquido de la actualidad. Cuando la transmisión terminó, desdoblé los dedos y saludé a mi acompañante. Platicamos un rato sobre nuestra vida cotidiana y, antes de despedirnos, me pasó su usuario de Instagram; desde entonces, nos damos “me gusta” en todas nuestras fotos.
         Al volver a la biblioteca, me puse a trabajar en mis ensayos, hasta que me interrumpió Elio: “Vamos a tomar y así te distraes un rato”. La verdad, yo ya había roto el pacto de no decirle a nadie lo de Lia; él sabía que estábamos saliendo y hasta me dio un plan para restablecer la relación: 1) sube una nota con una canción de indirecta, 2) déjala de seguir, 3) sube una foto divirtiéndote y 4) ella sola te va a escribir. Todo eso me lo soltó mientras se bebía su quinta michelada; claro que no sabía todos los detalles de mi historia romántica porque se moriría de risa, justo él, que cambia de vínculo cada semana.
         No tenía quién pudiera escucharme. Quizá Robin se habría tomado el tiempo de hacerlo, pero no me gustaba para nada el aura de su personalidad. Su corte de cabello me parecía de lo más extravagante, como de los años ochenta, y su cuenta de Instagram con tan pocos seguidores me daba mucha desconfianza. Además, esa elocuencia suya en la vida real me daba malas vibras, sumada a un humor torpe en clase que no terminaba de convencerme; aunque una vez, una amiga me contó que él le había dado el mejor consejo de su vida. Al final, mi algoritmo era el único que se tomaba el tiempo de entenderme. Desde la ruptura, mi inicio de TikTok se convirtió en un bucle infinito de poemas de desamor, pódcasts sobre responsabilidad afectiva y canciones indie melancólicas, que me dieron pistas del alejamiento de Lia.
         Pensé en rendirme y contarle mi problema a Gemini o ChatGPT, hasta que vi a lo lejos a mi amigo Lou. La gente que escribe siempre tiene buenos consejos. Honestamente, nunca me había gustado el estilo de sus textos; de vez en cuando soltaba una buena metáfora, pero de un tiempo para acá lo empezaron a invitar a coloquios y presentaciones, lo que redujo su timidez. Nos conocíamos desde la primaria y es recién ahora, con sus escritos publicados, cuando me doy cuenta de lo que pasaba por su mente. Me acerqué para saludarlo y me recibió con mucho gusto. Mientras me platicaba sobre sus logros, noté su mirada dispersa: terminaba de responder correos de su trabajo en el celular y revisaba unas notas musicales en su tablet. Apenas empecé a contarle mi problema, me detuvo sin despegar los ojos de la pantalla y me dijo: “Disculpa, mi estimado, tengo la agenda muy llena, pero escribe sobre eso y mándalo al blog de la Revista de la Universidad, ¡con suerte y te publican!”.

Foto de Noorulabdeen Ahmad en Unsplash
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Leonardo Daniel Córdova Córdova
Leonardo Daniel Córdova Córdova (Estado de México, 2002) estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Su trabajo creativo e investigativo aborda la crónica urbana, la poesía y la sociolingüística. Ha colaborado en el periódico ¡Goooya! y en la revista Punto en línea.

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