El gato llegó mientras estudiaba en la biblioteca de mi preparatoria para un examen de Matemáticas Financieras. Me llegó un mensaje con su pequeña carita de gato de dos meses que parecía querer saludar, crecer y comer pizza como tiempo después lo haría. Cada uno tenía su propia opinión; sin embargo, todos lo amaron. Poco a poco nos fuimos encariñando con él, pero hubo algo, algo que nadie pudo definir más que la pequeña Samantha. ¿Qué era lo que tenía ese pequeño gatito? ¿Qué había cambiado con el tiempo, los años y las orillas de pizza robadas? 

“El gato es extraño”, dice mi mamá, Martha. “El gato es curioso”, dice mi papá, Ramiro. “El gato es chato”, dice mi hermana Naty, que está en secundaria. “El gato está desproporcionado”, dice el hermano, arquitecto. “El gato está comprimido” dice la ingeniera en computación. “El gato está falto de caninos”, dice el dentista. “El gato está subido de peso”, dice el veterinario. “El gato tiene una nariz inmensa”, dice el otorrinolaringólogo. “El gato tiene unas orejas muy grandes”, dice caperucita roja. “El gato maúlla desafinado”, dice el cantante. “¡El gato es feo!”, dice la niña de ocho años.

Foto de Itadaki en Unsplash
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Aneth Gisel Perez Valtierra
Me llamo Aneth Gisel Pérez Valtierra, tengo 19 años y actualmente estoy cursando el cuarto semestre de Docencia en Lengua y Literatura en la UABC de Tijuana, mi ciudad natal. Amo leer, enseñar, escribir, escuchar música, ir al cine y al museo.

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