Desde 2010, cuando leí por primera vez Cien años de soledad, supe que si algún día tenía un gato se llamaría Melquíades. No recuerdo una razón exacta, ese personaje me parecía profundamente enigmático, casi mágico. Pensé que, si mi gato llevaba ese nombre, inevitablemente sería especial.
Han pasado más de quince años desde aquella lectura. No he vuelto al libro, pero el nombre permaneció, esperando un cuerpo que lo habitara. Hoy me pregunto qué significa que mi gato se llame Melquíades.
En la novela, Melquíades es el alquimista, el sabio, el extranjero que llega a Macondo a romper la rutina con preguntas, descubrimientos y caos. Siempre he creído que conocer algo nuevo marca un antes y un después. El conocimiento no es solo información, es transformación.
Mi Melquito llegó a mi vida sin que yo lo buscara. Me lo regaló la señora de la tienda de mi colonia, lo rescató de ser atropellado y no sabía qué hacer con él. Lo vi tan bebecito que me lo llevé para encontrarle un hogar, pero me eligió y se quedó.
Melquiades, es un gato negro, impredecible, salvaje a su manera. Muerde, desconfía, no es dócil, y al mismo tiempo, es sumamente tierno; en sus momentos tranquilos me ha regalado una ilusión que no sabía que existía.
En mi ignorancia del amor gatuno, Melqui vino a mover algo en mi corazón. Como el Melquíades de García Márquez, este pequeño ser ha traído otra forma de entender el mundo, una que no se explica del todo, pero se siente.
Hoy creo que lo llamé así porque es enigmático, amoroso a su modo. Porque me recuerda que lo desconocido no siempre da miedo, a veces enseña. Que el vínculo no siempre se construye desde la cercanía inmediata, sino desde la paciencia. Y que el amor llega en mil presentaciones y no necesariamente se busca.
Y si Melquíades era el ser más extraño de Macondo, ¿cómo no llamar así al ser más enigmático que conozco?
Mi gato.



