La industria cinematográfica todavía no hace una película de terror con la que una buena parte de la población podría sentirse identificada. No hay mayor temor que el cosmos moviendo energías. ¿No lo crees? Pregúntale a los mayas. Cada vez que los astros deciden retrogradar, rebelarse, sucede de todo. Todo excepto brindar respeto por la astronomía, como si quisieran retar la precisión. Tal parece que se alinean para que se les atribuyan al cielo conflictos y lo que cada persona ha somatizado (en mi caso, ardor de garganta e inflamación de barriga).

No suelo quejarme sobre el famoso Mercurio retrógrado, tenemos una buena dinámica. Sé lo que debo evitar, como si la época de sequía estuviera cerca y tuviera que  resguardar mi cosecha del calor abrasador. Esta vez, algo cambió: cinco planetas estarían en reversa. Cinco (número de cambio) y uno sería Venus. ¿Por qué nadie le reclama a ella? Sí lo hacen, no tanto como al afamado Mercurio, ya que tiende a resguardarse detrás del hedonismo y un rostro de porcelana, a pesar de que cada año y medio troza autopercepciones, relaciones sin cimientos y proyectos que apenas están germinando. Venus invoca raíces frágiles y, de ellas, brotan las semillas de impulsividad.

Lo especial de este fenómeno astronómico es que coincide con la temporada de brujas y la especialidad de la casa: fantasmas. Con la perfecta (y chueca) energía venusiana, parece que se abre un portal, un espacio en el que la ouija convoca a entidades que alguna vez formaron parte de tu vida; patrones no identificados, amores que acechan, pasiones que incendiaron las sábanas, esperan a lo que tú llamas descuido.

En cualquier película de miedo, el protagonista decide enfrentar la oscuridad. «¿Quién está ahí?». La voz le tiembla, la música crece. También está la escena en que la señora olvida cerrar con llave la puerta principal mientras, de fondo, las noticias anuncian que un asesino está suelto. Ya sé qué va a suceder. Le grito a la televisión (como si fuera a escuchar) que no lo haga, que algo malo pasará. En tu filme, los fantasmas que escriben «Hola, perdida» están esperando la bendición de un planeta y que dejes la ventana abierta.

La reivindicación es una ballesta que apunta en medio del entrecejo; en cuanto la punta de la flecha entra, suelta chispas que abren los ojos; sin embargo, las luces pueden deslumbrar y los murciélagos se disfrazan de mariposas, en señales del universo sobre lo que fue y parece que puede sobrevivir. Plantas que estaban secas y que, con magia pagana, reviven. ¿Efectos cinematográficos? ¿O realidad? Depende de lo que cada persona quiera creer. Muchas de estas narrativas están plagadas de fuegos artificiales, una explosión de sensaciones. Un instante alimentado por una chispa. Es un fuego que carece de vida, no necesita oxígeno, tampoco niega su apetito a la gasolina para incendiar la casa.

La ouija quiere ser alimentada todo el tiempo. Es la ventana que se abre entre el más allá y el más acá, ansía energía a la cual anclarse. Sé que suena fantasioso, muy adornado. Me he percatado de que la cantidad de ficción que porta una historia proviene de su narrador, aun así, el origen de un relato nace de un hecho. Aunque sea la premisa principal, todo parte de un acontecimiento real. Puedes, de nuevo, imaginarte esa escena hollywoodense de unas niñas jugando con una ouija, que (créeme) no está tan lejos de la realidad. 

Se acostumbra encender velas para que las energías se manifiesten mejor. Atraer con el chispazo de un mechero un «algo, alguien» que responda del otro lado. ¿No es lo que toda persona desea? No que escuches un WA-zzuuuuup en la línea, pero sí un saludo que vibre con tibieza en el interior; que las mariposas sean reales, revoloteen en el estómago hasta que salen por la boca y se te dibuje una sonrisa. La correspondencia parece un vestigio que, actualmente, es descubierto por un porcentaje bajo, casi nulo. Si los fantasmas se manifiestan, quizá, la Venus sosteniendo una antorcha y un puntero de ouija (sí, con forma de concha) es el canal, pero no el detonante.

Aquellas raíces frágiles y sus semillas pueden germinar o no, decidir si permites que se alimenten de la energía planetaria, caótica hasta en su propia elipse y de tus vacíos. En tu película, ¿serás quien llame, esta ocasión, para capturar la mariposa? ¿O quien responda para incendiarte y sentir chispas?

Foto de Colton Sturgeon en Unsplash
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Marurcia Miranda
Marurcia M.M, nacida en CDMX, siempre ha buscado oportunidades para acercarse a la literatura, a través de libros, convocatorias, eventos y talleres. Estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, ha cursado diplomados en diversidad cultural y sexualidades y en la rama editorial, así como una maestría en Narrativa Literaria. Actualmente, se dedica a la creación y asesoría de contenido digital y, en sus tiempos libres, a hacer lo que más disfruta: escribir.

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