21/XI/91
Que este lugar
No se repita en la
vida de nadien
por que es lo más
degradante en la
vida de los hombres
vive bien tu libertad
en paz con Dios
y tus semegantes, porque
Dios te hiso libre
y tus errores te […]
-Anónimo, en el muro de una celda (fotografía anónima de la antigua Penitenciaría del Estado de Zacatecas)
Enfrente de la plazuela 450, en la calle Colón, haciendo esquina con la del Seminario, en el centro de Zacatecas, se encuentra el Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez. Este es uno de esos edificios que, como si no perdiera su juventud, halla una nueva vocación cada tanto tiempo, cambia sus formas y se viste de otros colores.
El llamado de este lugar parece ser el de resguardar. Primero cuidó otras vocaciones (se construyó como seminario y tras la Reforma fue usado como cuartel), luego guardó familias (fue vecindario) y después guardó a los hombres que más debían estar adentro que afuera (fue Penitenciaría del Estado de Zacatecas desde 1964 hasta 1995). Hoy, ya reformado, guarda arte: una colección muy extensa de pintura y escultura abstracta (hay hasta murales) de la generación de la ruptura: Felguérez, Lilia Carrillo, Pedro Coronel, Francisco Corzas, Vlady…
Queda claro que el lugar tiene mucho que contar y que te lo va contando de a poco. Recorrerlo es como hablar con una persona de mil oficios; a veces te habla de cuando fue esto, a veces de cuando fue aquello, otras se retrae y sólo quiere que te concentres en las piezas que está exhibiendo. En efecto, como con cualquier museo, visitarlo es una experiencia que va más allá de ver lo expuesto. Todo depende de la habilidad de los museógrafos y de la compañía en la visita.
Llama la atención algo que está ahí en la zona de las celdas, o de la galería del maestro, al menos desde 2016. Después de recorrer las exposiciones temporales y la sala de los contemporáneos, llegas a la parte dedicada exclusivamente a la obra de Manuel Felguérez. Parte de esta sección se ubica donde estuvieron las celdas de la Penitenciaría.
En las paredes de esas celdas cuelgan fotografías de la época de la cárcel. En una foto se ve rayado con lápiz la lamentación que sirve de epígrafe, en otra se ve una celda adornada con hojas de revistas. En ninguna se ve a los presos, sólo las marcas que dejaron. Una de las que más impresionan es la de una celda tapizada con etiquetas -de caguama tal vez- de cerveza Tecate. No sé cuánto tiempo tenía sin entrar a ese museo, pero recientemente a alguien se le ocurrió reproducir lo que mostraban las fotos.
A decir verdad, no sé qué pensar de esa idea. Uno entra al lugar y siente primero la estrechez del espacio, que se percibe distinto por la luz roja que lo llena. Luego te preguntas por el preso que hizo eso. De seguro fue un hombre paciente o de hígado aguantador. ¿Habrá bebido él todo eso? ¿O alguien le traía las etiquetas? Dijo mi papá ayer, y es muy cierto, que cada quién tiene una idea distinta de lo que es chingón. Para este hombre tal vez fuera dejar en su lugar de reclusión una muestra de su dipsomanía. Porque hay que ver que sí se esforzó en acomodar las etiquetas parejitas.
Supongamos que el tapiz fue una obra individual. Esto puede ponerse en duda porque las celdas eran compartidas. Además, en los noventa, la penitenciaría sufría sobrepoblación, estaba diseñada para unas 250 almas y albergaba casi medio millar. Como sea, ahora hay que preguntar por el tiempo que ese hombre (porque era un penal masculino, hay que aclarar en estos días), al que llamaremos el Tecate, estuvo ahí. Vuelve la pregunta, ¿le tomó mucho tiempo beber tanto y podríamos establecer una relación días/etiqueta? ¿O habrá sido resultado de una fiesta entusiasta? ¿Dónde habrá sido la fiesta?
Estoy de acuerdo con que las prisiones no son lugares románticos, así que hay que tener cuidado en suponerle una personalidad a el Tecate. El rojo ornamento de sus muros era señal de privilegio. Tal vez fuera un preso viejo en cualquier sentido, es decir, alguien que llevaba ahí mucho tiempo o alguien longevo. Esto es posible porque convivían en el lugar delincuentes del fuero común, estatal y federal. ¿Sería un proveedor de licor para los internos? No lo creo. Lo que sí afirmaría es que alguna autoridad interna le tuvo que permitir tener el lugar así.
Pero qué tal que este hombre era un borracho de buró, un solitario. Tal vez en lo que nosotros vemos ostentación no haya más que la voluntad de recluirse. Cuando hable con algún directivo del museo le preguntaré cuál es su opinión sobre lo que es y lo que no es exhibible. Hablando sobre una celda en funciones, ¿a quién pertenece? ¿Al ocupante, que como afuera, lleva más de cinco años de estadía probada? ¿Al Estado? Cualquier respuesta nos lleva a la siguiente pregunta ¿se puede lucir esta celda como pieza museística? Imaginen, lectores, que voy a su cuarto, le tomo una foto y luego lo recreo en un museo. El caso es similar, y ni siquiera depende de la propiedad, sino de la privacidad. Súmenle, además, que no voy a decir ni quién puso el pintoresco lugar así.
Qué recorrido dan estos pasillos de lo más expuesto a la mirada pública (el arte de un museo) a lo más recluido (el criminal encarcelado). Pero no es lo mismo, dirán: “a los criminales se les encierra pero no se les oculta, ¿no has visto que las celdas sólo tienen tres paredes?” ¡Ah! Ya vi la piedrita que me calaba. A los ocupantes de estas celdas se les quitó su privacidad, es decir, la rama penal del Estado la tomó para administrarla por ellos. De ahí que se pueda acondicionar un espacio del museo tal como lo dejó el Tecate.
Claro que ante la obra de este hombre, sea o no para lucirse, no se puso una fichita como las que hay ante las demás obras del museo. Nada nos indica el nombre del autor. Nada nos dice tampoco (porque son cosas diferentes) de quién son las marcas en las paredes de los presos.
