Dedicada a un simpático fantasma. Gracias por cuidarme cuando estuve al borde de la muerte.

Alguien se esconde entre los libros
algo que se resbala silenciosamente
y hago como que no lo miro,
aunque en realidad respiro con pendiente.

Eso no tiene rostro.
Es una silueta andante.
Siempre merodea en la biblioteca.
Parece que le gusta leer a Descartes.

No es molesta su presencia, aunque su tenue luz irradie.
Es un frío compañero en las tardes, cuando ya no hay nadie.

A veces quiero descubrir quién fue, cuándo estuvo vivo.
Le pregunto.
No hay respuesta.
Tal vez ni él mismo lo recuerda.

Sé que le gusta la música de Frank Pourcel y el olor a café con canela.
Le he escrito un breve verso para que en vacaciones anhele mi regreso:

Me hubiera gustado conocerte antes de que murieras.
Quizá hablaríamos por horas de filosofía, espiritismo y otras rarezas…

Admito que a veces me das miedo,
pero es porque no comprendo
que tú, en medio de la oscuridad que te rodea, pareces respirar con viveza.
Yo, en cambio, solo soy la bibliotecaria que está medio muerta.

Quizá tiene sentido, o tal vez no…
que después de la muerte uno empiece realmente a vivir,
mientras que la vida es un movimiento temporal hacia la muerte.

Por hoy, estamos juntos.
Yo desacomodo los libros.
Tú los ordenas por milésima vez.

No sé tu nombre
o por qué te aferras a tu lucidez.

Me gusta que estés conmigo,
aunque realmente no te pueda ver.

Quizá pronto te haga compañía. Guárdame un lugar…
Me han dicho que la muerte es fría,
¿me lo podrías confirmar?

Foto de Pierre Bamin en Unsplash
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