Todos los fantasmas tienen nombre, incluso si lo olvidaron. Generalmente tienen un apodo como «el fantasma del espejo del baño» o «la vieja en la ventana», con los que los vivos suelen llamarlos. A veces, si los vivos reconocen al fantasma, lo llaman por el nombre con el que era conocido en vida: «el fantasma de Raúl» o «el fantasma de la niña Marisol».
La otra cosa que poseen todos los fantasmas es una morada. Se encuentran atados al último lugar donde estuvieron vivos o al lugar en el que añoraban estar antes de dejar atrás su cuerpo. Una vez han tomado posesión de su residencia permanente nunca la abandonan. Es un hecho conocido que los fantasmas no cruzan fronteras.
Pero éste era un fantasma inusual —si cabe tal calificación—, pues carecía de uno de los atributos anteriores: no tenía nombre. Los vivos que frecuentaban su morada aún no lo habían avistado, por lo que no lo habían apodado de ninguna forma. Además, ocurría algo extraño, tampoco se les había mostrado ni manifestado su presencia de alguna manera. La razón era simple. Este fantasma ignoraba que era un fantasma.
Así pasaron muchos años solitarios en los que el fantasma observaba en silencio la actividad diaria de los oficinistas que poblaban temporalmente el recinto donde habitaba. Los veía servirse café de la máquina de espresso y los escuchaba conversar en los pasillos durante los recesos. Pero sobre todo observaba cómo permanecían sentados durante horas en sus diminutos cubículos, con los ojos pegados a los monitores de sus computadoras, tecleando dígitos y moviendo el cursor de vez en cuando. No comprendía qué era lo que todos ellos hacían allí y le habría gustado preguntarle a alguno, pero desconocía cómo hacerlo. Su voz no llegaba a sus oídos y sus manos atravesaban sus cuerpos sin causarles ni un escalofrío. Se aburría mortalmente. Y pudo haber seguido así mucho tiempo más de no haberse producido una anomalía.
Había comenzado como cualquier otro día. Inmóvil y a un lado de la entrada, veía pasar uno tras otro a los apáticos oficinistas. Algunos bostezaban y otros apuraban el contenido de sus termos. Todos ellos lucían miserables y grises. Tampoco nuestro fantasma se sentía mejor. Comenzaba a desesperarse. Aunque percibía el tiempo de forma distinta, conservaba aún vestigios de humanidad. Deseaba confirmación de su existencia. O, en su defecto, de lo contrario. Y ya había aguardado demasiado por ello.
Estaba por volver a su ronda habitual cuando sintió algo inexplicable y volteó para descubrir con sorpresa unos ojitos que lo observaban fijamente. Era curioso, hasta ese momento había olvidado cómo era sentirse observado. Tampoco reconocía al pequeño ser viviente que lo miraba tan descaradamente con la boquita abierta y expresión asombrada en el rostro. El fantasma entonces, como despertando de su letargo, intentó acercarse a la niña que sujetaba la mano de su madre. Mientras esta intercambiaba palabras con otra oficinista, no prestaba atención a los gestos de su hija, que ya comenzaba a jalonearla para que viera en su dirección.
Inconscientemente el fantasma había esbozado una sonrisa y comenzaba a pronunciar un saludo cuando la niña irrumpió en llanto. En ese preciso instante retrocedió y la madre levantó a la niña del suelo para consolarla, meciéndola en sus brazos mientras terminaba de despedirse de su compañera. Luego ambas salieron y el fantasma se quedó observándolas hasta que las perdió de vista. Se quedó un momento asimilando lo sucedido.
Entonces recordó que también tenía una hija. ¿Cuál era su nombre? No importaba. Ella se había quedado en casa esperando su regreso. ¿Qué había estado haciendo todo este tiempo? Tenía que volver a casa. Se dirigió apresuradamente a su antiguo cubículo para ir por las llaves del carro, cuando cayó en cuenta de que era inútil. A su memoria vinieron imágenes sueltas de una silla metálica, una soga de tacto áspero y las luces de la ciudad reverberando en la oscuridad del recinto. Después los ecos de un nombre. Luego todo lo demás.
Vio un vacío profundo abrirse a su alrededor. Aunque ya no tenía un corazón, sentía cómo le dolía. Con todas sus fuerzas deseó no haber recordado nada.
Deseó estar vivo.
Y fue entonces cuando las tazas de café se rajaron sobre los escritorios, vertiendo su contenido sobre papeles y carpetas. Fue también cuando las computadoras y las impresoras se apagaron y las luces de la oficina comenzaron a brillar con violenta intermitencia hasta que los tubos estallaron por la sobrecarga, espantando a los vivientes quienes no comprendían lo que ocurría.
Gritos de horror se dejaron oír y muchos dedos temblorosos señalaban hacia el centro del recinto.
Allí estaba frente a ellos. El fantasma del colgado.



