Siempre he temido a la oscuridad.
Nunca sé qué esperar cuando un ruido del pasillo asedia mi cuarto,
se desliza por la rendija de mi puerta
y trepa el aire hasta mi oído.
Me inquieto. Siento mi corazón latir con fuerza
y me recojo entre las sábanas.
Temo a las sombras
que andan en la oscuridad de la escalera;
temo a las sombras
que muestran sus ojos y dientes filosos entre las cortinas que dan al patio;
temo a las sombras
que me llaman desde el fondo de la recámara, en el ropero
donde escondo todo lo que no quiero recordar.
Puedo sentir su frío en los pelos de mi nuca,
como los bichos sienten el movimiento con sus antenas.
Solo cierro los ojos
y me entrego al gusto perverso de verme totalmente solo.
De nada me servirá cortarle la garganta al coco,
que detrás de las sábanas,
me acecha en la prisión recalcitrante de mi estómago.
Mis sábanas son más pesadas que una roca
y la noche llena mis pupilas.
¿Qué será de mí? Pienso
mientras la soledad de un quirófano azul
se acerca.
Foto de Piron Guillaume en Unsplash



