“País de la ausencia,
extraño país,
más ligero que ángel
y seña sutil,
color de alga muerta,
color de neblí,
con edad de siempre…”
Gabriela Mistral
I
La primera vez que vi un anuncio en contra de la piratería fue al inicio de una película pirata que se proyectaba en el cine que teníamos en casa. En realidad, no era un cine porque solo se trataba del cuarto de mi abuelo, donde un reproductor de DVD, que antes fue un VHS, orquestaba proyecciones a diario. En ese cine viví toda mi infancia. El cine en el que había una sola butaca, que era más bien un colchón viejo, con mucha suavidad perdida y con resortes que ya se asomaban y que estaban cerca de provocar tétanos. Sin sonido envolvente porque solo teníamos las bocinas de la tele que no era pantalla IMAX, sino una tele-caja gris de bastantes kilos. Además, la sala tampoco llegaba a estar oscura porque las cortinas del cuarto dejaban que la luz se filtrara, cuestión que provocó que medio viera muchas películas.
Lo único que sí había como en las salas tradicionales, era la botana. Siempre había algo que beber y algo que comer. Todo el azúcar y la comida chatarra que un niño pequeño desea y que su madre procura que evite. Pero el cine de mi abuelo era un país sin ley, de cine-anarquismo puro y verdadero.
II
Allí se proyectaban todo tipo de películas, sin límites ni preferencias exactas. Aunque es cierto que el dueño tenía cierta predilección por las películas de acción con secuencias exageradas y muchas balas, al final se ponía aquello que se conseguía en el mercado. Hollywood, el cine mecha japonés, varias del cine de oro mexicano, algunas comedias mudas muy buenas, varias comedias gringas terribles, una inmensa cantidad de animes y, para el asistente más recurrente, todas las de superhéroes. En alguna ocasión de corte surrealista, hasta se proyectaban colecciones de las cinemáticas de un videojuego. En otras, más dadaístas, eventos de lucha libre.
Dentro del Cine R.Z. empecé a entender el mundo. Más bien, empecé a creer que lo entendía. Las dudas que me suscitaban las calles de la ciudad y que me apenaba preguntar a los mayores que me rodeaban, las respondía mi abuelo cuando llegaba del mercado con nuevas películas envueltas en una bolsa de plástico y con una portada mal diseñada.
La primera vez que sufrí el punzante dolor de la pérdida fue al ver la muerte del tío Ben. El primer calor corporal que experimenté fue con un vestido rojo en una comedia de una máscara verde. Los malos pasos de Tony Montana me enseñaron un camino que no debía recorrer y, al contrario, todos los personajes vestidos con licras y capas de colores dibujaron en mí un primer boceto de un sistema moral.
Los sueños bajo la almohada aparecieron porque todos los protagonistas que admiraba tenían alguno y yo deseaba con todas mis fuerzas ser como ellos. Antes de vivir en cuerpo propio, vivía por medio de las películas que veía, una y otra vez, en compañía de mi abuelo.
III
Entre funciones me dedicaba a tapizar la pared del cine con estampas que compraba en la papelería cada vez que pasábamos por algún menester escolar. Muchas aún sobreviven aferradas a esa pared blanca. A veces sueño con desechar mi cuerpo humano para transformarme en una de ellas. Así jamás me habría ido.
IV
Para bien o para mal, nunca hubo una ceremonia de clausura, ni una última gran proyección, ni siquiera algo semejante a una despedida. El lugar entró en una pausa definitivamente indefinida.
Quizás porque el DVD un día dejó de servir. Quizás porque dejaron de vender películas en el mercado y la falta de suministro provocara el inevitable cierre de sus puertas. Puede ser que, antes incluso del streaming, el cine de mi abuelo no aguantara el paso hacia el Blu-Ray porque era un poco más caro y difícil de conseguir, y tal vez la administración decidió seguir con el DVD hasta que su caída fue inevitable. También puede ser que sea un poco de todas las opciones y que todo se conjurara, como un hechizo maligno, para que el cine terminara siendo un pequeño espacio vacío, acechado por fantasmas y plagado de recuerdos.
A decir verdad, estoy evitando aceptar la única razón verídica para el desahucio del Cine R.Z. Yo lo abandoné cuando crecí y lo peor de crecer es que no trae ninguna consciencia de lo que dejas atrás. Uno no recuerda aquel último día que jugó con su juguete favorito, ni el último juego de “las traes” con los amigos de la primaria. El flujo del tiempo corre y uno se deja llevar por el río, aprendiendo a nadar a brazadas forzadas y en un parpadeo, que podría ser también una tarde, una hora o muchas tardes y muchas horas, la infancia se abandona sin saber que se trata de un viaje sin retorno. Entonces, ésta inevitablemente se transfigura en una aberración tan familiar como ajena. Demasiado conocida y extraña. Observable pero intocable.
En ese sentido, todos somos extranjeros.
V
No importa que un día coloque estampas nuevas, me acueste en la misma cama y ponga alguna película pirata en el DVD, volver es imposible porque, aunque el cine todavía sea una parte sustancial de mi vida y mi abuelo, con todo y sus varias cirugías oculares, aún vea sus películas rancheras favoritas y haga de segunda voz de Pedro Infante, Ítaca nunca vuelve a ser la misma Ítaca que alguna vez fue y uno solo se pasa la vida buscando cómo regresar. El éxodo nunca ha sido una cuestión de espacio, siempre ha sido consecuencia del tiempo y de su fuerza indeleble.
Aquel cine está perdido en el vergel del pasado. Sin embargo, cuando mi abuelo y yo nos sentamos a ver una película, en un ejercicio de pura mimesis, alcanzo a rozar el cristal que me separa de mi infancia, del país de la edad de siempre, de la edad feliz. Por momentos, cuando la realidad se evapora, logro encontrarnos como éramos. Un niño, siempre con playeras de superhéroes, en compañía de su abuelo, el cinéfilo que nunca tuvo la necedad de autonombrarse como tal. Ambos sonriendo.
Quizás en esos escasos minutos, el cine logra burlarse del tiempo.
Foto de Ronan Furuta en Unsplash

