Abrió la puerta del baño con la rodilla. Mejor no tardarme, que es la mitad del velorio. Entró por la puerta, lo suficiente grande como para tapar lo esencial del cuerpo, pero no tanto como para tapar la parte inferior de las pantorrillas hasta los pies, como para espiar la disponibilidad de cada váter, como si el “cerrado” no fuera suficiente. Estaba descompuesta. Dejándola entreabierta, entre el olor de cloro y detergente, se bajó el pantalón.
Sentado a horcajadas sobre el excusado, sacó su teléfono y empezó a ver los miles de reels que salían hasta encontrar uno que le interesara. Algo rápido y fácil. Aún queda tiempo. Puede esperar un poco. Varios corazones en un short con la canción de “Paloma ajena” de fondo. Subido por @la.sad.melancolyhill ft. @pablo.mbs. Monetizan, facturan, ya es modo de vida, un ingreso, pasivo, mínimo, pero ingreso.
Tranquilamente ve el reel, aguantándose, ve el minuto exacto que dura, y soltándose, scrollea hasta llegar a otro que le llame la atención. En medio de otro short, cede a su organismo, deja que su intestino se libere mientras suena “Na na na (dulce niña)”, sonando en bucle; sólo dura 5 segundos. Siente que su estreñimiento desaparece poco a poco. Espero que no sea tan grande. No, justo lo mejor es así. Un Loxaya. ¿Qué más quiero? Algo simple y ligero. Suben cualquier cosa ahora. Siguió scrolleando, sentado, sobre el hedor del retrete que subía. Coqueto, por la vestimenta negra para el luto.
Reel, meme, short, ve protestas en Europa, Estados Unidos, Latinoamérica; mini ensayos sobre cine, literatura; burlas y sátiras sobre famosos que conoce y conoce; funas de influencers; situations con rolitas de microbuseros, principalmente bachatas y sonideros. Produciendo, reproduciendo. Salió otra vez el de “Paloma ajena”. Le gustaba esa parte de la canción, y, a la vez, sentía su vejiga fluir silenciosamente. Envidió los corazones en el vídeo, aunque no subía nada.
Deluleó sobre subir sus propios reels, empezar por lo fácil, una toma: Los tacos de la esquina; otra: el metro; una más: Coyoacán. De fondo Tiene espinas el rosal. Un minuto. Menos. Él. ¿Una compañera? No. Él. Grabarse. No, mejor amigos. Grabarlos. Ahora sí. Tacos, metro, Coyoacán, ¿Bellas Artes? Sí. Pero metro no. Micro. De fondo, Lejos estaba de pensar // que serías mi penitencia. Ahí en los Tacos. Cuánto tiempo he de llorar // cuesta caro la experiencia. Micro. Lejos estaba de pensar // que un amor doliera tanto. Coyoacán. Tiene espinas el rosal // y mi alma está llorando. Bellas Artes. Sí. Fácil, un reel viral. Mientras tanto, seguía scrolleando.
Terminó. Seguía sentado, vacío, libre de la incontinencia intestinal, absorto en la fácil dopamina de Instagram. Minutos en horas. Fácil atención. Difícil retención. Se acalambró y sólo en ese momento decidió salir. Movió las piernas para que la sangre empezara a fluir. El típico sentimiento de electricidad cuando los dedos empiezan a responder. Se levantó, apoyándose en la pared del baño. Se limpió, subió sus pantalones y, una vez abotonado, jaló la palanca. Salió sin lavarse las manos.
Estaba desierto ¿Cuánto tiempo había pasado? Sacó el teléfono para ver la hora. Sólo quedaba 5% de batería y se habían llevado al finado hacía un buen rato. Nadie lo había buscado. Se había quedado solo. El velorio ya había terminado.
¡Pobre Diego!
Foto de Sasun Bughdaryan en Unsplash



