«Eres una perra», me digo al mirarme en el reflejo. Qué cosa tan rara usar como insulto el femenino de ciertas especies. ¿Será un síntoma de mi propio desprecio? Una búsqueda rápida en internet me dice que algunos sinónimos de feminidad son: delicado, fino, blando, débil, suave. «Débil», me repito. A lo mejor sí lo soy. Cedo con tanta facilidad a mis impulsos negativos, a la furia, la venganza, el deseo ardiente del enojo y, sin embargo, nada de eso me parece débil, al contrario, son conceptos complejos que no dudan en arrastrarme con ellos como un torbellino catártico. Sólo por eso soy una perra.

No mido la fuerza ni la agresividad de mis palabras cuando la rabia nubla la lógica, la razón, la empatía, aquello de lo que tanto he pregonado como antídoto de los conflictos. Me desagrada ser eso en lo que me convierto cuando me infecto de rabia. No sale espuma de mi boca, pero casi. Aúllo, ladro y una masa amorfa se revuelca dentro de mí, se aferra a mis piernas y las estanca. De verdad que no puedo ver más allá de mi propio organismo iracundo.

Mirada altiva sin brillo, entrecejo fruncido, voz que resuena como un trueno, postura hostil, deseos intensos de buscar algo que sofoque las llamas que se expanden. Así me veo desde afuera, no sólo yo, así nos veo a todos.

Ese señor que le respondió de mala manera a su cliente, el chofer que insultó con un repertorio amplísimo de groserías a ese motociclista, la enfermera que me miró con desgana. Me pregunto si al igual que yo, intentan quitar un elemento del fuego para que se apague. Lo más sensato sería dejarlo sin aire. Ya lo he intentado. Me obligo a pausar mi respiración para eliminar el componente de oxígeno que está dándole vida, pero como era de esperarse, si prolongo el procedimiento siento que también yo me muero. En realidad, no quiero que se extinga del todo, porque a pesar de la turbulencia que provoca, lo cierto es que lo encuentro necesario para saberme viva. 

No quería metamorfosear en esto que ahora escribe. Siempre creí que me refugiaba en el lenguaje y ahora resulta que en realidad me preparaba para usarlo como arma. Yo provoco un daño silencioso. A mis víctimas no se les verá con heridas físicas porque he plantado palabras como semillas cuyas raíces van a escarbar en algo más profundo y cuando logren llegar al núcleo, entonces van a estallar. 

Dos años atrás comencé a escuchar el alarido que emite esta masa amorfa que se forma dentro de mi cuerpo cuando mi temperatura emocional aumenta. El pequeño organismo furioso hace un berrinche, grita, patalea; se ha colgado en mi oído derecho y no para de hacerme enfadar por la más mínima cosa. El día que perdí el autobús que me lleva a casa, no paró de quejarse. Todo el día me habló sobre el tiempo perdido, sobre el dinero mal gastado, sobre todas las malas decisiones que tomé para no llegar a tiempo a la parada. Lo odio y lo sabe, de hecho, saberlo le hace muy bien, le encanta saberse detestado, creo que hasta se ha convertido en su alimento.

Me he acostumbrado tanto a su presencia que ahora uso pendientes redondos para que mi iracundo amigo se columpie con ganas. De cualquier modo, creo que nadie más puede verlo, pero a veces tengo la sensación de que yo misma puedo ver esas masas amorfas colgando de las extremidades de las personas que me rodean. Algunas son horrendas, en verdad aterradoras y enormes, otras son pequeñísimas y casi transparentes, pero no por eso menos molestas. Puedo ver que logran incomodar a sus huéspedes, los hacen decir cosas que no querían, y cuando el huésped se arrepiente y se inquieta, las porquerías estallan de risa. 

«Eres una perra», me digo. ¿Qué significa serlo? Me inquieta pensar en que quizá todos podríamos ser menos violentos el uno con el otro. ¿Se debe acaso a la hostilidad de la Tierra que habitamos? Sí, me refiero en parte a la Tierra como concepto astronómico, orgánico, natural y hasta poético, pero también como entidad social. 

Este organismo iracundo que también soy, no puede desaparecer cuando el tráfico de la carretera está en esa hora terrible y una gota de sudor resbala alegremente por su espina dorsal, por las axilas, por la casi siempre olvidada fosa poplítea detrás de las rodillas. Lo peor es que no hay transporte o quizá sí lo hay, pero va a demorar una fatalidad en llegar a su destino, rodeado de más organismos iracundos. No puede desaparecer si ya no observa el mundo de forma genuina, sino a través de una pantalla, de un filtro. No puede desaparecer si está saturado de información y al mismo tiempo no tiene idea de nada: se entera de que hay guerra, que escasea el agua y el petróleo, que la temperatura del mundo incrementa, baja, luego hay ciclones, tormentas, que los desaparecidos, que el dinero, que las brechas sociales. 

Entonces este organismo diminuto que un día llego a mi oído y no me deja ni dormir, que es caótico, pero también es aterradoramente pequeño y miedoso, quiere soltar un alarido y dado que no sabe dónde poner toda su rabia porque, específicamente hablando, no hay un objetivo a quien dirigirla, cuando lo encuentro en mi mirada, me hace decir: «Eres una perra». 

Ojalá la termorregulación autónoma de mi cuerpo también se hiciera cargo de disipar este calor que no es físico ni emocionalmente agradable. Por el momento sólo me queda sentarme en la banqueta herida por este tórrido verano y ponerme a aullar.






Foto de charlesdeluvio en Unsplash

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Hannia Mendoza Hernández
Semblanza autora Hannia Mendoza Hernández trabaja actualmente como asistente editorial y gestora de redes en la editorial oaxaqueña 1450 Ediciones, colaborando en la corrección y cuidado de edición de libros. Ha sido tercer lugar del concurso Nacional de Periodismo de Investigación 2022 en la categoría Reportaje Universitario de Investigación por el trabajo “El Río Atoyac: 50 años de contaminación”. Segundo lugar del concurso de cuento corto de la Red de Bibliotecas Lasallistas en sus ediciones 2022 y 2023. Fue representante de las siguientes producciones seleccionadas en la convocatoria de Productores Independientes 2023 de la Corporación Oaxaqueña de Radio y Televisión (CORTV): El podcast del Nopal; La chica del cumpleaños; No soy la musa. Primer lugar del concurso de cartas: “Te quiero decir” 2022 y Premio Platino en Infomatrix Ecuador 2020 en la categoría de Cortometraje por su participación en la creación de guion y postproducción.

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