El atormentado de Providence es uno de los escritores del siglo XX con mayor popularidad en nuestro tiempo, algo que resultó impensable en su época, debido a su enigmático estilo, caracterizado por una fascinación en un horror capaz de helar la sangre como ningún otro: la insignificancia.

Pero aquí la pregunta sería: ¿por qué Lovecraft causa tanta emoción en nuestros días?

La respuesta la hallamos en aquel sentimiento indescriptible que profesaba el norteamericano, errante de toda comprensión, escurridizo ante el objetivo supremo de toda ciencia: convertir todo a magnitud inteligible.  En su obra, el hombre no es más que polvo cósmico ante los seres míticos, con la maldición de poseer una mínima racionalidad para lograr dilucidar su paupérrimo lugar en los designios universales. Los protagonistas de Lovecraft son hombres diestros en los múltiples campos científicos, siendo por sí solos la prueba viviente de que ni los más preparados son capaces de lograr el ansiado entendimiento.

Howard Phillips Lovecraft logra transportarnos al horror antropocéntrico de ser absolutamente prescindibles —dejamos de ser la cúspide de la cadena evolutiva—, coloca a la humanidad a merced de una mitología con las peores aberraciones provenientes del infinito. Por ello se crea una profunda aversión hacia la insignificancia del dogma científico moderno, un rechazo a las limitaciones del conocimiento.

Se debe leer al extravagante Lovecraft, con su pluma colocando al ser humano determinado por la fuerza de lo desconocido, anclado a su propia ignorancia, presa de un miedo que resulta inherente a su naturaleza, siempre en contraposición con su filia al saber, el mismo miedo que lo lleva al horror de su minúscula posición ante la inmensidad sideral.