Brandon recita Cuaderno secreto de Gonzalo Rojas. En sus ojos hay un destello. “Tienes que oír y sentir lo que te susurra el poema”, dice. Intento aplicar al texto la recomendación de mi amigo. Apenas logro concentrarme Ana apuntala el poema con un acertijo:
—¿Has leído a Roberto Bolaño?
Saca 2666 de su librero:
—Hace poco lo inicié. Aunque he leído todos los cuentos de Bolaño. Me fascina.
El comentario funge como una cofradía entre poetas y un narrador. Yo tomo el libro como quien sostiene una obra de arte. No me atrevo a develar la verdad: nunca he leído a Bolaño, pero me he vuelto un especialista de Juan Villoro. En cierta medida, se puede decir que lo conozco a través de él.
Eso prueba que leer a nuestros autores favoritos nos conduce a otros. Llegué a Chile por Villoro. Gracias a mis amigos de la FLM tuve entre mis manos un libro de Bolaño. Hay muchas formas de llegar a Chile: una es a través de la literatura que nos permitimos explorar. Otra, mediante lo que escribimos.
De esta manera, la literatura chilena es variopinta. En los pasillos de la Fundación, Ana relató, a la hora del té, que su tutora conoció a un alumno que encarnaba la máxima encrucijada de un autor: deseaba con toda el alma ser un auténtico poeta… ¡chileno!
Se exigía no solo pulcritud en el texto, sino también una nacionalidad para ser bueno en poesía. La maestra develó el truco detrás de la prestidigitación: para empezar, era imposible; él no había nacido en Chile, sino en México. La consagración debía alcanzarse en su obra. Algún día le preguntaré a Ana si aquel poeta mexicano se volvió chileno a la fuerza para seguir escribiendo.
Desde mi cubículo en la FLM, tengo esperanza de que me llegue alguna novedad literaria de Chile, como un eco que me trae el viento del sur. Si no llega nada, quizá sea hora de conocer a Bolaño. No para volverme chileno, sino para seguir leyendo.

