I
Era la primera vez que caminaba
en Telford Town Park.
Cuando la vi pasar,
se oía el latido de su corazón,
le cubrían el cuello los rizos negros,
un pálido rostro.
Y la tarde se hundía,
en su mirada de miel sombría,
con la faz de un nimbo.
Fuimos dos desconocidos
hablando en hermosa lengua inglesa;
van nuestras voces
en grupos vibrantes
revolando como un áureo torbellino
que la blanca luz alegra.
Y sobre el agua sonora
pasan radiantes, ligeras,
nuestras palabras
con sus alas cristalinas.
Al anochecer,
ella me mostró las estrellas encendidas:
era un jardín de oro
con pétalos de opalina.
Dándome sus sonrisas,
poco a poco cruzamos la ciudad
en un aire suave, de pausados giros;
sobre la terraza, junto a los ramajes,
la orquesta perlaba sus mágicas notas.
Es noche de fiesta y baile de trajes,
ardor adolescente, miradas y caricias.
La divina Dana, vestida de encajes,
ríe. Es maligna y bella;
los suspiran escapan de su boca de fresa.
II
Más que mis palabras,
eres tú quien todo lo llena.
Antes de ti, las poblaron la soledad
y el silencio que ahora ocupas.
Quiero que mis palabras
digan lo que quiero decirte,
para que me oigas como quiero que me oigas.
De cerca me miras,
cada vez más de cerca;
jugamos al cíclope, nos miramos
y nuestros ojos se agrandan,
se acercan entre sí, se superponen.
Entonces, mis manos buscan hundirse en ti,
nos besamos como si tuviéramos
la boca llena de flores o de peces:
y si nos mordemos el dolor es dulce,
y si nos ahogamos en un breve
y terrible absorber simultáneo del aliento,
esa muerte instantánea es arcana.
Hay una sola saliva
y un solo sabor a fruta madura.
Tienes una carne ideal
y algo de mármol;
nerviosa y sensitiva;
muestras el cuello gentil y delicado,
bellos gestos de diosa,
tersos brazos,
lustrosa cabellera,
y ojeras que denuncian
ansias profundas
y pasiones vivas.
III
Mi piel vestí de versos,
y puse en mis poemas
las perlas del mar,
toda la talavera poblana,
el cobre de Cananea,
la plata de San Dimas,
la jadeíta y la obsidiana
de una tumba Maya.
Eres, la que hace falta en mis estrofas,
esa mujer que mi cerebro imagina,
la que si estoy en sueños,
se acerca y me visita.
Para sobrevivir,
tu espíritu se volvió como un arma,
como una flecha en mi arco
respondiendo hasta el último grito.
Como todas las cosas están llenas de mi alma,
emerges de las cosas, como una nube,
y tu color y forma son como yo los quiero.
Eres mía, eres mía,
mujer de la cesta de besos alegres,
cazadora del fondo de mis ojos.
Pensando, suelto pájaros
recuerdo imágenes,
camino largamente en los oscuros pinos, solos;
suena, resuena el mar lejano.
Aquí te amo,
y a veces van mis cartas en esos barcos.
IV
¿Cómo dice usted, mi buena compañera?
¿Que el amor es caos? No es extraño.
Es ciertamente caos,
porque puede impulsarte y elevarte,
porque es destructivo y doloroso
como un tornado o un terremoto,
como un incendio o un tsunami.
E igual de hermoso,
como el sonido de un arroyo en el bosque,
o las montañas en el atardecer,
o la nieve cayendo al amanecer.
Amo tu voz suelta y delgada.
Y si acaso algún ruiseñor
viniese a posarse cerca de ti
y contar alguna historia,
sabrías que soy yo.



