Se ha hablado de tantas modernidades que hoy es difícil sujetarnos a alguna. Quizás, por eso, es que debamos nombrarla modernidad plástica, sinónimo de una modernidad artificial.
       Una modernidad plástica revela la relación del sujeto con un contexto que busca en lo plástico un nuevo modo de imitatio. Imita la madera, el metal, la tela, incluso la piel humana y buena parte de la vida en general. No se puede negar que una flor que nunca muere es el deseo de cualquiera, pero una flor plástica nunca será verdaderamente una flor. Como en “la pipa que no es una pipa”, la imagen no es el objeto en sí. Puede funcionar como su representación y, en muchos sentidos, cumplir la misma función práctica dentro del mundo antropocéntrico humano. Una flor de plástico en un jarrón de plástico puede que no dañe a nadie. Sin embargo, un jardín de plástico es un jardín sin vida.
       Es en esta relación con lo plástico que toma una posición peligrosa en la interacción con lo humano. Esa otra imitatio de la conversación, que imita y reemplaza al otro en nuestra cotidianidad. Es la pantalla que sustituye un café; a los pixeles, que —afortunadamente— pierden la batalla contra el papel; las cartas que hoy nos negamos a escribir por su tiempo de espera, y, el (falso) amigo que lo sabe todo con apenas teclear una pregunta. Es un consuelo sin hombros en el cual apoyarnos, en medio de nuestro aislamiento del otro y de nosotros mismos.
       Flor y canto, el término usado para la poesía en náhuatl, corre el riesgo —con esta modernidad plástica— de transformarse en Canto y plástico, imitación de la bella palabra que una IA pueda generar, sin —como la flor (plástica)— poseer un alma que nos retraiga hacia la condición humana, sino exclusivamente a una condición de irrealidad latente en cada ámbito de nuestra existencia.
       No se ama a la flor solo por su belleza, sino también por su mortalidad, por su fugacidad, por su relación en este extraño mundo que resiste.

Foto de Max Petrunin en Unsplash
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Jesús Fidel Vega Arce
Filósofo y existencialista, me muevo entre la poesía y la prosa, buscando traspasar los límites de la escritura y buscando, tanto en la vida como en las ideas, la libertad. Graduado en Filosofía por la Universidad Autónoma Metropolitana, he profundizado en la relación entre filosofía y literatura, en las que encuentro una estrecha conexión, más allá de simples géneros literarios. Veo en ambas un camino para realizar mi existencia, considerándolas como ejes fundamentales del ser que soy. Esto me ha llevado a trazar una delgada línea entre el pensamiento, la escritura y la acción. Mi interés en este ámbito me condujo a realizar el trabajo de fin de licenciatura sobre Sartre y la literatura. Recientemente, me gradué de la Magistrale en Filosofia ed Etica del Relazioni en la Universita degli Studi di Perugia, Italia, con una tesis sobre los conceptos de ser y situación en Sartre, concluyendo con una teoría fenomenológica del arte, que aborda la aproximación al espejo que construimos a través de nuestra relación con las obras de arte. En convenio con la Universitá di Perugia, también realicé estudios de doble titulación de máster con la Universidad de Salamanca. Mi escritura se enfoca en abordar la condición humana a través de mis experiencias personales, sin olvidar el mundo que me supera como posibilidad. En 2018, fui coautor del poemario Puente Calavera, publicado por la editorial Morlacchi en Perugia, Italia.

1 COMMENT

  1. Felicidades por esa trayectoria; un gran ejemplo para las nuevas generaciones.
    Que sigan los triunfos y sobre todo esa sed de aprender e investigar en beneficio de la humanidad.
    Un fuerte abrazo.

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