Lo he comprendido, amigo, lo he comprendido
en toda su profundidad.
El amor engendró al mundo;
la amistad lo hará renacer.

Hölderlin, Hiperión

I. De la compasión

Aprendí a ser compasivo porque mis primeras amigas en el mundo fueron mujeres. Después de mi hermana mayor y mis primas llegaron mis compañeras de la escuela; en gran medida y a lo largo de los años, con ellas aprendí sobre los vínculos amorosos: si la amistad tiene valores intrínsecos como la libertad, la solidaridad o la autonomía, otro de sus pilares también es la igualdad. En principio, no puede entablarse una amistad auténtica con relaciones asimétricas; no cabe la dominación ni la subyugación, así como tampoco la dependencia ni la servidumbre. La amistad se da, en todo momento, entre seres iguales, como dijo Platón. Claro, Platón también insistía en que sólo los varones podían forjar una amistad —que cursimente se entiende como “ser una misma alma en dos cuerpos”— porque sólo ellos podían ser iguales entre sí. Ser amigo de una mujer siendo varón equivalía, en términos platónicos, a tener una relación de segundo grado. Y yo, sin saber siquiera qué era aquello de la masculinidad aunque sufriera todas sus consecuencias, desobedecí varios de sus mandatos desde edad muy temprana, al tiempo que la vida florecía de la mano de mis amigas.
         Me sentaba entre ellas en el recreo, sin sentirme traidor. No obstante esa diferencia radical —la de ser sujeto feminizado—, que me causó tanto hostigamiento y dolor durante los años escolares, tuvo por fortuna varias mieses. Y es que, mientras los varones aprenden y reproducen patrones de comportamiento dentro de la cancha de fútbol —al centro, siempre al centro y aprendiendo la rivalidad como ley de vida— en el patio escolar, quienes quedábamos a la orilla platicando o jugando otras cosas que no fueran soccer, nos vinculábamos de otro modo: eso que se llama “chisme” con desprecio y cierta misoginia es el principio amistoso del diálogo entre pares.
A pesar de las críticas y prácticas nocivas que esta afirmación pueda albergar, en general, las mujeres saben mejor que nadie ser amigas —y esto lo diré siempre— porque son mejores escuchas y tienen una disposición de apertura frente al otro, mientras que a los varones se les enseña a encerrarse en sí mismos y a no dejarse ser vulnerables en público. Una consecuencia terrible es que la mayoría de los hombres (que son heterosexuales o así se enuncian) no tienen muchas amistades íntimas —ni con las mujeres que no sexualizan—. La masculinidad es un laberinto solitario, pero ése es tema de otro ensayo.
         De las mujeres aprendí, entonces, a ser amigo porque, en primera instancia, mi diferencia sexual me unía (y me une) de diferentes maneras a ellas, desplazadas del centro: al sentarme a platicar a su lado, nos volvíamos iguales. Y es que la compasión —la pasión acompañada: compartir tristezas y alegrías a la par— también es connatural a la amistad: soy tu amigo porque (me) siento igual que tú.

II. De la anarquía

La amistad, por otra parte, trasciende los sentimientos de reciprocidad y de identificación, pues en toda relación amistosa existe una causa externa de alegría que habita en las personas involucradas y que se debe a su vínculo amoroso. Este rasgo cae en la redundancia: amicus, en latín, viene del verbo amare, por tanto hace referencia a “aquel relativo al amor” o a “quien guarda cierta relación con el amor”. La amistad es, fuera de los vínculos sanguíneos, el modo más radical y abierto en que los humanos —y añadiría que otras formas de vida también, como animales y plantas— conocemos el amor. Y una amiga es eso: un afluente de amor alegre.
         El amor se manifiesta en mi vida de tantas maneras posibles como de tantas amistades gozo: todas ellas únicas, abundantes e irremplazables. Y es que la anarquía relacional reconoce que todas tenemos la capacidad de amar a más de una persona y que la relación que tenemos con un ser y el amor que sentimos por él no disminuye el amor que se puede sentir por otros. No es necesario declarar que una persona es “primaria” en tu vida para que se considere que existe una relación; cada relación es independiente de las otras y en ellas los individuos tienen autonomía.
         Dice Simone Weil que la amistad es algo universal: “consiste en amar a un ser humano como se querría amar a toda la humanidad”.1 Dicho de otro modo, la amistad es hacer un espacio en uno mismo para poder habitar con ternura este mundo, volverlo habitable cuando se torna inhóspito; amar y respetar en lugar de exigir; explorar el deseo de encontrarse y explorarse mutuamente, libre de deberes o preconcepciones. Es hacer del cuidado nuestro ethos, esto es, vivir en armonía con las demás personas y con todo lo que nos rodea.2

III. De las premoniciones

La amistad es una vía de liberación conjunta y, por lo tanto, de corresponsabilidad también. Amar a mis amigas me permite ser más libre en la medida en que abandono mi egoísmo, reconozco mis errores a través de la otra persona y me arraigo a la vida por medio de una alegría radical. La amistad, se me ocurre, es por ello una práctica revolucionaria que puede —y logra, de hecho y de derecho— transformar al mundo. Esta relación entre pares es un ejemplo de lo que Silvia Federici llama militancia gozosa: “El principio de la militancia gozosa consiste en que, o nuestra actividad política es liberadora, y cambia nuestra vida de una forma positiva, que nos permita crecer y nos haga gozar, o algo va mal en nuestro activismo”.3 Puesto que la configuración de los vínculos personales es política —y “o la haces o te la dan hecha”4— y puesto que, como hemos rescatado aquí, la anarquía relacional puede ayudarnos a hacer relaciones más libres y autónomas, es importante que nos cuestionemos si amamos libremente a nuestras amistades. Ello resulta muy difícil porque a veces amar en libertad también implica dejar ir. Creo que una de las pérdidas desestimadas —como se nombra en tanatología a los duelos minimizados o no reconocidos por la sociedad en general— más cabronas es la de perder en vida a una amistad entrañable; es decir, a alguien que no ha muerto, pero que para ti sí lo ha hecho en muchos sentidos. Me refiero a esos vínculos que una vez creíste que durarían toda la vida y que ahora, por diversas razones, simplemente ya no están y cuya tajante ausencia fue demasiado difícil de procesar.
         Concluyo, entonces, este ensayo agradeciendo a esas personas amigas que se han quedado, que han permanecido: porque en esto de los afectos, persistir es resistir. He comprobado que cada vez es más raro forjar amistades significativas que logren mantenerse con el paso de los años y superen las distintas pruebas a las que se enfrenta nuestra existencia terrenal. A esas personas amigas, gracias por resistir conmigo, por sí quedarse. Yo también quiero quedarme, cavilando estas preguntas sobre lo que es vivir de la mano de mis amigas. Simone Weil también dice que la amistad es algo así como una premonición; y yo tengo, al fin, una: si el fin del mundo se acerca, que me encuentre al lado de mis amigas, haciendo florecer la vida.

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1 Simone Weil, La amistad, Hermida Editores, Madrid, 2020, p. 73.
2 “Cuidar es más que un acto, es una actitud.  Por lo tanto, abarca más que un momento de atención, de celo y desvelo. Representa una actitud de ocupación, de preocupación, responsabilización y de compromiso afectivo con el otro”. Cf., Leonardo Boff, El cuidado esencial. Ética de lo humano, compasión por la Tierra, Trotta, Madrid, 2002, p. 29.
3 Silvia Federici, Ir más allá de la piel. Repensar, rehacer y reivindicar el cuerpo en el capitalismo contemporáneo, Traficantes de Sueños, Madrid, 2022, p. 181.
4 Juan Carlos Pérez Cortés, Anarquía relacional. Una revolución desde los vínculos, Titivillus, p. 13. 


Imagen de portada: Theresa Babb, Fannie, Lillie y Harry y sus bicicletas, ca. 1898. Camden Public Library DP. https://pdimagearchive.org/images/b845aa39-8006-4ed6-995b-a7828be1c556/

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Daniel Salazar-Ramos
Ganó el Premio Punto de Partida (poesía, segundo lugar, 2017). Lic. en Letras Hispánicas por la FFyL-UNAM (2018). Mtrx. en Teoría Crítica por 17 (2025): Apuntes para una vida vegetal —un proyecto de ecoescritura— es su primer poemario. Habla español, inglés y francés. Además de poesía, escribe ensayo.

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