Recuerdo bien, pocas cosas mantengo tan nítidas, que mi segundo año de preparatoria estuvo cargado de acercamientos curiosos y retadores que derrumbaron mi panorama literario y me obligaron a adentrarme en nuevos horizontes. Un buen día, debió de haber sido un lunes, la profesora Leonila llegó al aula con su cronograma, anunciándonos que la siguiente lectura del curso sería la Epopeya de Gilgamesh y que, con sus contenidos, nos aplicaría una prueba oral que sumaría puntos a la evaluación final.
        El título no me llamó la atención, no busqué antecedentes sobre la obra, como lo había hecho con lecturas pasadas, y prolongué innecesariamente su lectura. Sin embargo, cuando me adentré en el texto —más específicamente, en su indispensable introducción, en la que se narra la hazaña de supervivencia de aquellas tablillas sumerias en las que por primera vez aparecía un héroe anterior a Hércules, Odiseo o Aquiles—, una chispa de curiosidad e interés se encendió en mí. No supe entonces que esa lectura, hecha por obligación escolar, regresaría años después con el pretexto de reflexionar sobre un tema crucial al que, como un eco, vuelvo constantemente: la amistad de Gilgamesh y Enkidu.
        Leí la epopeya y aprobé la prueba de la profesora; el año escolar terminó, mis compañeros dejaron de hablar del tema, pero sigo pensando que jamás terminé de reflexionar sobre la obra. Cada vez que intentaba analizarla, de una idea brotaban diez y de esas diez salían ramificaciones interminables en las cuales me hubiera gustado ahondar más. Con la vida tan apresurada de la ciudad, resultaba imposible seguirle el paso a un libro tan interesante que incluso traspasa el terreno material y se acerca a lo celestial.
        La Epopeya de Gilgamesh narra la historia del rey de Uruk, un hombre situado entre la frontera de lo divino y lo humano. A pesar de la grandeza monumental que lo rodea, como las murallas vastas, los templos gloriosos y la fuerza desmesurada que posee, Gilgamesh se comporta como un tirano. Así lo narran las tablillas: un gobernante opresor de su pueblo, abusivo del ius primae noctis (la práctica mediante la cual reclama a las jóvenes de Uruk antes de su matrimonio, un símbolo de su poder desmedido), que somete a sus hombres a trabajos incesantes y que parece incapaz de contener la sobreabundancia a su alrededor. Los gobernados, molestos, recurren a los dioses para frenar al inconsciente rey y éstos deciden crear a su contraparte, un ser de corazón impetuoso que pudiera competir con él y otorgarle paz a Uruk.
        Enkidu es creado con arcilla como un ser primordial. Habita la estepa, comparte alimento con las gacelas, convive con las bestias y el lenguaje le resulta un asunto ajeno. Su situación cambia cuando una sacerdotisa de nombre Shamhat lo humaniza. Tras varios días juntos, Enkidu ya no pertenece a la estepa. La humanidad le ha entrado por la piel, el erotismo lo ha civilizado y empieza a habitar un plano en el que puede plantearse visitar Uruk y conocer en persona a aquel rey del que sólo ha oído hablar mediante los relatos de Shamhat.
        Convertido ya en un hombre, Enkidu llega a Uruk sin saber que el rey ha sido advertido de su arribo mediante sueños. Entonces Enkidu hace frente a los abusos de Gilgamesh, sus caminos se cruzan. El rey, acostumbrado a dominar todo lo que pisa, se encuentra por primera vez con alguien capaz de oponerle resistencia. La lucha entre ambos es épica: hace temblar los suelos, aunque el combate supera el enfrentamiento físico. Se baten como dos toros en la arena, se aferran, se empujan, se tambalean por las calles de la ciudad y no parece haber paz. En el momento en que ambos admiten la igualdad de sus fuerzas, surge un reconocimiento mutuo que los vuelve dignos ante los ojos del otro. Nace una amistad.
        El vínculo que se articula entre estos dos amigos es complejo. Gilgamesh ve en Enkidu no a un adversario, sino a un espejo que le revela sus límites. Enkidu descubre en el rey, al que había considerado abusivo, a un semejante, a otro hijo de los designios divinos, a alguien capaz de comprenderlo y hacerle espacio en su vida. Lo que ocurre después es una transformación.
        A partir de aquí comienzan las aventuras compartidas. Juntos enfrentan al guardián del Bosque de Cedros, el demonio Humbaba, cuya sola mención hace temblar a los hombres. Juntos se oponen al Toro del Cielo, enviado por la diosa Ishtar después del rechazo amoroso de Gilgamesh. Caminan, luchan, celebran y regresan victoriosos. Son quienes comparten los alimentos, la marcha y las vicisitudes de la intemperie. Su amistad se convierte en una fuerza que los motiva a buscar aventuras uno al lado del otro.
        Pero la gran verdad del poema no se encuentra únicamente en la amistad, sino en la pérdida.
        Los dioses deciden que Enkidu debe morir como castigo divino. Irónicamente, parte de las acciones que ha compartido con Gilgamesh son las que lo condenan. Y en este punto la narración se divide en dos. La agonía de Enkidu es larga, dolorosa y profundamente humana. Gilgamesh lo acompaña en su transición a la muerte y, por momentos, se ve incapaz de concebir un mundo sin él. Suplica a los dioses por su amigo y maldice a Shamhat por alejarlo de la vida salvaje. Enkidu le pide que no lo olvide. En el duodécimo día, la muerte se lo arrebata. El rey llora como nunca antes lo había hecho, pide que no lo entierren con la esperanza de que sus esfuerzos lo regresen a la vida y, cuando finalmente comprende que el cuerpo de su amigo no se levantará más y observa a los gusanos salir de sus entrañas, en él entra el miedo a la muerte.
        Es aquí donde la epopeya alcanza su punto más profundo. Por primera vez, Gilgamesh experimenta miedo; no a perder su trono ni a las criaturas divinas, sino a fallecer. Su propio límite, la finitud, aparece ante él con el rostro de su querido amigo.
        Gilgamesh decide iniciar la búsqueda de la inmortalidad como una súplica desesperada. Viaja a través de montañas, mares y tinieblas. Enfrenta escorpiones gigantes, cruza el camino del Sol y llega hasta Utnapishtim, el único hombre que sobrevivió al gran diluvio y a quien los dioses hicieron inmortal. Entonces comprende que no podrá obtener la vida eterna y que lo único que puede hacer es prolongar su existencia mediante una planta que crece bajo el agua. Una vez que la consigue, la pierde ante una serpiente. Al final, el héroe regresa por el mismo camino con las manos vacías.
        De su aventura nace una aceptación que no aparece de manera repentina, sino como una comprensión que lo hace más sabio y lo transforma definitivamente en un rey distinto. Regresa a Uruk, admira sus obras mortales y entiende que la inmortalidad no puede ocurrir en el cuerpo, sino en la memoria. Las murallas de su ciudad, aquéllas que se enorgullece de mostrar al final, son la obra perdurable del esfuerzo colectivo. Comprende que la amistad no sólo le regaló aventuras, sino también la posibilidad de convertirse en alguien mejor y memorable. Por último, el nuevo rey decide que lo más cerca que puede estar de la inmortalidad es el recuerdo que de él se tenga, e inmortaliza en tablillas su nombre y el de su muy querido amigo, Enkidu.
        La historia de Gilgamesh y Enkidu no trata únicamente de un rey, de dioses y monstruos, temas alejados de la humanidad actual. También habla de asuntos que nos son inherentes: cómo el otro nos revela y nos hiere, cómo gracias a este otro podemos volvernos humanos en el sentido más pleno. Habla del amor fraternal, del duelo, del miedo consustancial a la muerte y de la tenue sabiduría que emerge cuando enfrentamos nuestros propios fantasmas.
        Y, sin embargo, esencias tan abstractas pero vigentes como la amistad permanecen fuera del lenguaje. Por más que el poema describa el vínculo entre ambos, creo que nunca terminaremos de dimensionar las bondades de la amistad. La Epopeya de Gilgamesh, el primer relato de nuestros tiempos, es prueba de la prevalencia de aquello que, por nuestra condición humana, no podemos explicar del todo y que aun así seguimos experimentando con igual fervor. Es evidencia de que las dimensiones místicas de este vínculo, la amistad, el duelo y la trascendencia, no pueden describirse por completo. Lo más cercano que tendremos a estas abstracciones es la experiencia misma. Pero en el intento, como el mismo Gilgamesh buscando a Enkidu en cada rincón del mundo, también nosotros nos volvemos, inevitablemente, un poco más humanos.

Imagen de portada: Tablilla II del Poema de Gilgamesh, Irak, ca. 1650 a.C. Penn Museum DP.

https://www.penn.museum/collections/object/245958
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Jesica Martínez Torres
Jesica Martínez Torres (Ciudad de México, 2006). Estudia Relaciones Internacionales en la UNAM. Publicó “Carta por papalote” en Cartas a Rosario (UNAM, 2025) y “Nunca fue necesario quemar libros” en el periódico ¡Goooya! (UNAM, 2025).

1 COMMENT

  1. Tu texto me recordó mi clases de literatura universal en la preparatoria y revivió mis ganas de leer mitología. Te recomiendo ver Fate Zero, un anime que tiene una adaptación curiosa del mito de Gilgamesh, el primer héroe de la historia de la humanidad.
    Un abrazo.

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