Ahogados en jornadas laborales extenuantes y en el deterioro de la vida comunitaria, ¿nadie piensa en la amistad? Vivir como habitantes de la misma realidad —corazones que sintonizan, a la misma hora, el mismo programa— es lujo de los locos por vivir al margen de consumir.
En la amistad, la distancia se vuelve extranjera. Un perdón o un simple “te amo”, dicho ayer o antier, lleva una fuerza atemporal: la de las palabras sinceras, la de quienes no se cansan de la misma historia y se quedan aun conociendo el final.
Un café cualquiera. Un pasillo. No importa el momento, un simple “te quiero porque tú eres mi amigo” para aligerar la ocasión.
Descuidarse del ego y atreverse al perdón. Porque el tiempo es poco, y los valientes cada vez menos.
Cuando la mercantilización y los algoritmos se vuelven norma, tal vez, y solo tal vez, buscar honestamente la amistad sea el último acto de resistencia en tiempos en que el odio y la segregación parecen atentar contra la dignidad humana de todos.
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