para Sofía Ochola (1994-2020 – por siempre)

I.
¿Tú conoces Randonautica?
Es como un tarot, pero con gps.
Se trata de una app en donde fijas un propósito
en tu mente y luego delimitas un radio de kilómetros de acción.
A partir de eso, la aplicación te fija un punto en el mapa
adonde deberás ir para encontrar tu respuesta.
Su logo es un búho y se dice que, si en tu búsqueda encuentras uno
es porque la app está funcionando.

La primera vez que jugamos pedimos encontrar algo brillante.
Así que Randonautica nos llevó hasta una calle
donde una oruga verde fosforescente se quemaba en el suelo
bajo el sol.

La segunda vez, Marina y yo preguntamos por Sofía:
preguntamos a la aplicación qué era lo que más le gustaba de vivir
a nuestra amiga
antes de morir.

Fue así que Randonautica nos llevó hasta una calle
en donde encontramos una ventana llena de búhos de juguete.
Y cerca de ahí, un graffiti en una pared que decía:

II.
Siempre te gustaba hablar
Y para todo tenías una respuesta
o un cantarito de hojalata.
   No sabes… TE VA A ENCANTAR!!!!!!!!
Decías a un amigo cuando querías seducirlo a que siguiera con la aventura.
O cuando estaba demasiado borracho
y había que convencerlo de alguna forma
de que se fuera a acostar.

Al final, aún tuviste una última palabra de ánimo para tus amigos deshechos.
Estábamos en tu velorio no oficial.
Sólo los amigos reunidos.
Sin tu madre.
   Leyendo tus poemas,
escuchando música y bebiendo.

Y luego, después de que leí un poema que escribí para ti,
en donde me despedía y te decía que nos veíamos después
para bailar,
la bocina de mi celular respondió
con una voz jocosa, robótica y como metida a una lata:
    ******************
     ¡¡¡BYE!!!

III.
Entonces jugamos a Randonautica en Oaxaca.
Eran tiempos de pandemia
y no había gente de noche en las calles de San Agustín Etla
porque era un pueblo encantado
y vivir ahí era vivir en un videojuego de aventuras.

Primero pedimos un concierto
y Google nos guió por calles llenas de aves nocturnas
que cantaban.
Arroyos, fantasmas, perros.
El viento entre las ramas de los árboles
tirando hojas secas y flores.

Después pedimos ventanas.
Y esta vez la app nos indicó
que debíamos invadir propiedad privada.
Entramos por el patio y descubrimos que vivía ahí un pintor
que estaba cenando en la planta alta de su casa.
Entramos a su estudio, sin hacer ruido,
y hallamos sus cuadros de pájaros
a medio pintar
y marcos de ventanas sin vidrios.

La tercera búsqueda fue “electromagnetismo”
y Randonautica nos señaló en el mapa la cima de un cerro.
Pero, como era de madrugada y era muy lejos,
decidimos no ir.
Ya nos habíamos perdido en bosques suficientes.

Por último, pedimos a Randonautica
que nos respondiera qué era lo que significaba la poesía para Sofía.

La aplicación nos marcó un punto en el pueblo
al cual nunca habíamos ido.
Caminamos hacia allá y nos encauzó por un largo sendero.

De pronto aparecieron, desde lo oscuro de una callejuela,
dos perros ladrando.
Mario y yo decidimos tomar “piedras invisibles”
y con ese gesto de nuestras manos vacías en alto,
los mantuvimos a raya.

Entonces comenzaron a llegar más perros.
Primero fueron un par más, pero poco a poco
se fueron multiplicando.
Mario y yo nos pusimos nerviosos
y nos colocamos de espaldas uno contra el otro.
Seguimos con nuestras piedras invisibles
hasta que estas tuvieron que volverse reales,
junto con nuestro miedo.

Al rato estuvimos rodeados como por quince perros
que ladraban y mostraban los dientes.
Pero poco a poco, sin saber por qué, conforme avanzábamos,
los perros se fueron disipando.

Al final del sendero ya se habían ido todos los perros.
Y estábamos otra vez solos con los brazos cansados
pero relajados.

Entonces un perro más surgió de la nada:

Era un perro negro y hermoso que caminaba lento
y gemía bajito porque tenía una pata herida
la cual mantenía alzada.

El perro negro nos miró a los ojos
haciendo hacía sonar las hojas marchitas al pisarlas
y, tras mirarnos unos segundos, se marchó.

Quizá eso era la poesía para Sofía:
chicos perdidos en la noche.
Una espalda contra la otra,
rodeados de hileras de colmillos filosos.
Un perro negro herido bajo la luna llena.

IV.
Estamos en Xochimilco Axcel, Molly y yo.
Buscamos en Randonautica:
“algo que vuele que tenga la cola muy larga y esté celebrando”.

Llegamos al lugar.
Es una pendiente.
De un lado hay una cruz
y del otro, un pasillo oscuro
que termina en una construcción en obra negra.
Enfrente de nosotros,
una larga escalera de cemento que sube a un cerro.
Desde la cima, oculta por la penumbra,
desciende una larga manguera color rojo que llega
hasta nuestros pies.

Decidimos subir la escalera de cemento.
Esta nos conduce a otra escalera y luego a otra,
formando una subida hacia una zona
cada vez más oscura del cerro.

Ya casi en la cima había una banca de descanso
y luego, en medio de la noche,
un enorme espejo de bordes dorados.

Entonces recordé la leyenda del pájaro Simurg,
el Rey de los Pájaros en la tradición sufí,
al cual un grupo de aves decide ir a buscar
para que las ayude a restaurar su reino decadente,
enfrascándose en una aventura fantástica y mortal.

En la historia, los pájaros cruzan el monte Qaf,
la montaña circular que rodea la Tierra,
a través de siete valles cada vez más complejos.
El penúltimo de ellos se llama “Vértigo”.
El último “Aniquilación”.

A lo largo del viaje algunos pájaros desertan.
Otros perecen.
Al final, quienes logran llegar hasta el alcázar
del Rey de los pájaros
y vislumbrarlo a él
se dan cuenta, solo entonces,
de que el Simurg
es cada uno de ellos
y todos ellos juntos
al llegar hasta ahí.

Entonces comprendí que Randonautica,
con su epopeya de búhos volando a lo largo de tantos paisajes,
nos había revelado a todas nosotras,
que vivir una aventura
teniendo presentes a nuestras amigas muertas
a través de nuestros actos y de la poesía
era aquello que surcaba el aire,
tenía la cola muy larga
y estaba riendo.

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Jaime Tzompantzi
Jaime Tzompantzi (México, CDMX, 1994) además de ensamble de mamífero, flora intestinal y ácaros es poeta, editor y artista visual. Publicó los libros Fantasmophilia, Isla de Encantos y Semblanza en Súper Ediciones Prisma, proyecto editorial multidisciplinario del cual fue coeditor y diseñador de acontecimientos hasta 2023. También es autor de Milagro 401 (Nuevos Clásicos), Tres Poemas (Niño Down Editorial, 2021), Mora (Red de Apoyo Diverso, 2024) y Libro de Historia de los Animales (Juan Malasuerte, 2024). Actualmente dirige el proyecto "Ediciones Orcaíris".

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