En el frío de enero,
la solitud silente de la vieja casona se vio interrumpida.
Algo rondaba los pasillos.
El rumor de unos pasos y un gemido sordo pasaron frente a la puerta de mi habitación.
Tragué una saliva espesa como la savia, amarga de temor. Escalofríos me recorrieron todo el cuerpo.
Cada poro, cada vello se encrespó.
Mucho tiempo atrás, despedí a toda servidumbre, cerré puertas y tapié ventanas. A la soledad recibí.
Un visitante,
tal vez un asaltante,
quizás un asesino potencial,
deambula por los pasillos, pensé.
Descorrí el pestillo y, vela en mano, rasgué la oscuridad del pasillo.
A la izquierda, una masa amorfa se movía con un temblor incontrolable: crujido de huesos, gemidos de un génesis. De perfil, giró con rapidez su rostro hacia mí. Un cuerpo desnudo, parecido al mío, sin ojos, sin nariz ni boca me contemplaba.
Perdí todo control. Brazos, manos y piernas no me obedecían. Los rasgos en el rostro del monigote comenzaron a dibujarse a medida que los míos desaparecían. Lo último que vi fue una sonrisa burlona desde el otro extremo del pasillo, hasta que perdí la vista.
Parpadeé. Me encontraba donde otrora se hallaba el ser sin rostro. Frente a las puertas de mi cuarto pude ver mis ropajes tirados por el suelo, con las iniciales ATS bordadas en el cuello. Un nombre que ya he olvidado. El frío atería mi cansado cuerpo.




La manera en que describes la soledad, el miedo y la transformación del protagonista atrapa al lector desde las primeras líneas. Además, el desenlace es impactante e inesperado, y deja una sensación inquietante que invita a reflexionar sobre la identidad y la pérdida de uno mismo. ¡Felicidades al escritor por lograr que el horror trascienda las palabras y permanezca en la imaginación del lector!
“La escritura es la pintura de la voz”
(Voltaire)