Teníamos un horario en el que nos daba por pararnos a bailar. Todas nos agarrábamos las manitas y empezábamos a dar vueltas mientras cantábamos: “Dios salve a Luzbel, rey de los infiernos”. De no haber sido porque a Laurita, la muñeca más antigua de la casa, se le rompió el piecito, nuestra niña jamás se habría dado cuenta de nuestro secreto. El grito de dolor de Laurita al ver su piecito de porcelana roto no se compara con el que dimos todas juntas al sentir el fuego entrar en nuestros cuerpos.

Foto de Олег Мороз en Unsplash

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