Vivo al lado de un CERESO. Siempre que paso por ahí es lo mismo: una calle infinita que desemboca en el penal, gigante, gris, hostil. De noche es una pesadilla, un plantel con luces intrusivamente blancas alrededor de casas que buscan descansar. Los fines de semana había movimiento. Desde muy temprano, personas vestidas de rojo con un montón de bolsas transparentes y un olor a comida casera hacían fila justo donde apenas se estiraba el sol. Siempre me dio una mórbida curiosidad saber qué pasaba dentro.
Mi inmensa curiosidad se sació. La vida me llevó a conocer aquel CERESO por dentro. Me dirigí al área de registro. Estaba en el exterior, entre una rampa y un techo de lámina.
—Cuando te den el pase de visitante, no dejes que te toque la piel, siempre están sucios — me dijeron las personas con las que iba.
Nos llevaron a una puerta angosta que daba paso a una arquitectura extraña y todavía agresiva. Un cuarto espacioso con una barra y periqueras de concreto bañadas de blanco y azul marino, como un uniforme policial; muchos pasillos oscuros, con ventanas demasiado rectangulares y asfixiantes, en la intersección de la pared con el techo, como para dejar entrar el exterior; muchas casetas de registro para muchas áreas partidas por género, peligrosidad del delito y espacios de recreación. En el pasillo que conectaba con el edificio jurídico, unas jaulas diminutas y estrechas encapsulaban a las personas privadas de su libertad, que hablaban a través de una ventana aún más pequeña con sus abogados sobre sus procesos, expuestas frente a cualquiera que estuviera cruzando.
El área de hombres era espaciosa, con un centro educativo.
—¡Cursa la licenciatura en Derecho! —decían los carteles sobrepuestos a las ofertas de talleres.
Pequeños puntos de color aparecían en las paredes como resultado de talleres: dibujos, muñequitos, decoraciones.
Dos áreas de mujeres: el geriátrico, con una población de menos de cincuenta mujeres, tres meses de inaugurado y miles de grietas en el concreto, pintura resbalándose de las columnas y una falta considerable de espacio vital; el área de mujeres, un limbo entre los hombres y las geriátricas, limitado en espacio, con un solo espacio de dispersión y salones pequeños. Mujeres con lenguajes corporales similares permanecían silenciosas al unísono, mientras una fuerte tensión por miedo a actuar mal se estancaban en la densidad del aire cuando hablábamos con ellas.
Cuando íbamos de salida, nos topamos con un grupo de personas privadas de su libertad.
—¡PEGADOS A LA PARED Y MANOS DONDE PODAMOS VERLAS! —gritó uno de los custodios.
Pasamos entre el banco de hombres. Nos veían. No sé muy bien con qué intenciones, pero sentí que les temía más de lo que debía. Salí al mediodía con más ideas de las que tenía al entrar.
Años después entré a otro CERESO para dar un taller, a uno puramente femenino. Ingresamos. Todo era muy frío, se sentía muy rudo. Nos catearon por separado y, unos minutos después, aparecieron las de pedagogía para llevarnos al área correspondiente. Escaleras, espacios desolados que no perdían el azul marino y el blanco, una segunda caseta de registro,
—¿A qué área van?
—Al SUM
—¿Qué van a hacer?
—Un taller de literatura.
Salimos. Los edificios parecían casas de un piso forradas de rejas y cemento derritiendo el pasto, ropa beige secándose, una caseta vacía. Mujeres que nos veían con mucha curiosidad.
—Buenos días —decían casi en un susurro.
Canchas de basquetbol y el aroma de la comida que se repartiría en dos horas. Tercera caseta de registro. Llegamos al SUM, techado, con una tiendita, mesitas de plástico, un patio y una pequeña biblioteca en el centro. Curiosamente, no dimos el taller en la biblioteca. Ahora estábamos frente a veinte mujeres con libretas y plumas que nos saludaban. Había mucha incertidumbre que pronto mutó en risas llenas de luz solar.
Seis miércoles conviviendo con mujeres privadas de su libertad. Poco se guardaron en ese taller. Cada cual tuvo un proceso distinto para derretirse en sus textos, para procesar lo que leíamos y para enunciarse dentro del espacio. Pero desde la primera vez que cruzamos nuestras miradas supe que querían ser escuchadas, querían ser vistas y no borrarse en una estadística de seguridad pública.
Dos ideas clave fueron el patrón de lo que escribían. La primera era el sentido de libertad que transmutó en la cárcel, porque ahí, en ese mismo instante, estaba su verdadera libertad, alejada del contexto que las moldeó y de la expectativa social. Esa fue su serendipia. La segunda era una sed enorme por volver a salir, no como una declaración desesperadamente vacía, sino una promesa de salir siendo mejor, un deseo incansable por tocar el pasto y, frente al cielo más azul, reconstruir una vida, empezar de cero y recuperar el tiempo perdido en la cárcel. Cada mujer con la que hablé tenía cara de mujer, de madre, de hija, de hermana y de humana.
Al acabar el taller, me quedé con demasiadas cosas en la garganta. Pude rozar la ternura y la amabilidad en el gesto compartido de estas mujeres, en la forma en la que nos acogieron y nos compartieron cosas tan íntimas bajo un pacto de libre expresión. Y confirmé, como hace algunos años, que antes de entrar les tenía más miedo del que debía.
- Salón de usos múltiples



