Lo que más me molesta es ese olor a tinta negra. Te acompaña. No es discreto, insiste en estar ahí, impregnando la piel, socavando. Perdura como la peste de pescado muerto que acarrea el mar en sus oleajes tempranos. Un aroma pesado, asoleado. Cuando uno cree que, en el transcurrir de los días, el tufo pierde su vigor, regresa, cada jueves de cada semana. 

Olí esa tinta por primera vez hace tres años. Ese día llegué temprano a la fila. Cargaba con una bolsa nutrida de mercadería: papel higiénico, un táper con enchiladas de res aromatizando las paredes plásticas, sopas instantáneas, manzanas desprendidas de su piel y en gajitos, cacahuates, agua embotellada y un juguito de arándanos. Más no podían cargar mis brazos. Menos podía exigirle a la bolsa biodegradable que me cortaba la sangre de los dedos y que tenía que turnar de mano en mano antes de que el pulpejo rojo se tornara azul. Delante y detrás de mí, otras personas, docenas. Con el mismo peso, con el mismo olor.

1.

El custodio tenía el rostro masticado por el sopor, ocultando su cuerpo bajo ese uniforme azul desteñido, con las costuras deshilachadas. Él desprendía una fragancia distinta, a humedad. Quizás fuera por esas enormes paredes enmohecidas donde no entraba la luz ni el aliento. 

— ¡Pase!—, ordenó con su voz autoritaria.  

Poco revisó, husmeó —más bien— la pesada bolsa que estaba a nada de asfixiarme los dedos. Recorrió con sus manos gordas la abertura de mis piernas y brazos. Allí yacía yo, adoptando la figura de una estrella, entregándome al papel, a la compostura de sus reglas. 

El siguiente filtro era el control de visitas, nos marcaban con un sello enorme que llevaba el escudo de mi ciudad y, en el contorno inferior, la palabra PENITENCIARÍA. Tenía un relieve grotesco, grosero a la vista. El custodio lo tomó, bautizándolo en esa horrible tinta negra y manchando mi brazo izquierdo. Entonces, el aroma a podrido emanó. Veía con asco el germen negro que pigmentaba mi piel. Se obligaba a ser visto, gustoso, desparramándose. El protocolo se repite semana tras semana, visita tras visita.

2.

Pese a los años aún no me acostumbro. Intento ocultar mi brazo, pero de poco sirve. La mancha se apoderó de mis poros, los muerde. La condena de uno, paradójicamente, me condena. Me encarcela junto con ellos. 

Habito otras libertades, pero me ahoga ese espesor indigno e inhumano, con aires densos que atosigan. Deambulo como vaca sellada, propiedad de algo, de alguien. Me corroe ese hedor y me punzan las miradas ajenas sobre mi piel. Te sellan, te nombran, te apuntan con el dedo. 

El jabón no resuelve este malestar. Es más profundo, institucional. Incomoda el atisbo ajeno. Apestamos a esa tinta negra.  

Foto de Francisca Silva en Unsplash
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Armando Quiroz
Periodista radicado en Sinaloa. Narra y reconstruye historias. Escribe sobre narcotráfico y las violencias que se filtran en los diversos contextos de la sociedad. Egresado de Comunicación con acentuación en periodismo y actualmente es estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de Culiacán.

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