Blanco radiante. Así camina Copito Villegas: como si supiera exactamente lo que vale, como si siempre hubiera sabido que llegaría a nosotros.

Lo busqué mucho antes de encontrarlo. Formularios, requisitos, esperas. Lo quería antes de conocer su cara, antes de saber su nombre. Se puede amar así, en abstracto, como se ama lo que todavía no existe pero ya te hace falta. Como un hueco que no duele pero que está ahí, recordándote que algo falta.

Llegó por el camino menos pensado. Una amiga de la infancia lo había comprado porque siempre quiso un gato blanco, pero la realidad del pelo largo, las vacunas, su bebé recién nacido y la responsabilidad le ganó el entusiasmo. Me lo ofreció y dije que sí antes de que terminara la oración.

La primera vez que lo vi no podía creer lo chiquito que era. Cabía en una mano. Tenía los ojos verdes y una expresión que no era de cachorro: era de alguien que ya había decidido quién iba a ser. Entró a casa caminando despacio, sin apuro, sin miedo. Como quien vuelve.

Hace casi doce años que vive con nosotros y todavía me sorprende. Tiene personalidad fuerte, de esas que no piden permiso. Es el protector de la casa. Vigila, está atento, ocupa el espacio con una presencia que se siente aunque no lo veas. Pero también tiene sus momentos. Se acurruca cuando menos lo esperas. Ronronea en voz baja, como si el cariño fuera un secreto que solo comparte en privado.

Todas las mañanas espera su ración de queso blanco con una seriedad que intimida. Su verdadera debilidad, sin embargo, es la pechuga de pollo: ahí se olvida del orgullo. Detesta al veterinario con una convicción que podría ser respetable si no fuera tan dramática. Es tan limpio que a veces pensamos que se pone perfume. Baña a su hermana Bianka con una dedicación minuciosa, casi maternal. Es muy pegado a mí durante el día, pero duerme en los pies de mi marido. Hace lo que quiere. Siempre.

Esta presencia blanca que ocupa los silencios no llegó a llenar un vacío. Llegó a mostrarme que ese vacío tenía su forma exacta. Que lo estaba esperando sin saberlo. Que no buscaba un gato, buscaba esto: algo que entra a tu vida como si siempre hubiera sido suyo y te convence, sin decir una sola palabra, de que tenía razón.

Nunca pensé que un copo de nieve pudiera dar tanto calor. Que lo blanco pudiera ser tan tibio. Que algo tan suave pudiera tener tanto carácter.

Te amo, Copito Villegas.

Fin.

Previous articlePienso en cosas cuando scrolleo de madrugada

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here