“Acicálame
Déjame ronronear junto a ti”
Tessa Ía
Este mundo es de los gatos y quien diga lo contrario, que lo muerda un perro. Quizá mi ilusión más grande sea tener un felino a mi lado. Sin embargo, mi madre es asmática y yo, heredera de sus alergias, cargo con una fisionomía que me impide cumplir ese deseo. Cuando me hicieron la prueba de alergias, la roncha que más se inflamó fue la del gato. Pero eso no ha evitado que varios de ellos logren seducirme o marcarme.
El gato es un ser independiente. Nunca tendrá dueño, reclamará propiedad sobre un humano.
Luca fue el primer gato que amé. Fue el primer cielo de invierno que me miró con ojos azules y me sedujo: un siamés. Le gustaba pasearse entre mis piernas y enroscar su cola como un pacto de confianza. Cuando su humana (una amiga de la preparatoria) no estaba, jugábamos con bolsas de plástico. Él saltaba y las perseguía mientras juntos dibujábamos figuras en el aire. No importaba la gripa que me quedaba tras la visita ni las ronchas que florecían en mi cara y cuello.
Un día Luca desapareció. Le gustaba pelear con otros gatos, pero creemos que fue culpa de la mano de un humano. Tiempo después supimos que murió envenenado. ¿Quién podría hacerle eso a un ser tan divino?
En el antiguo Egipto el gato era un fragmento de lo sagrado. Herir a uno era profanar un templo y se castigaba con la muerte.
Mi relación con Willy fue distinta. Fue un amor a distancia durante la pandemia. Internet fue el único filtro que me permitió amarlo sin que mi sistema inmunológico me traicionara. Cada vez que nos reuníamos para comentar un libro, él cruzaba la pantalla como “dueño de un ámbito cerrado y remoto” como lo describía Borges. Era una sombra negra y elegante que interrumpía la literatura para recordarnos que él era la verdadera historia. Un fantasma digital que, a diferencia de los otros, no podía hacerme estornudar, pero sabía reaccionar a nuestras charlas con una sabiduría milenaria.
Su humana se convirtió en mi mejor amiga. El duelo de su partida lo vivimos juntas en octubre, apenas unos días antes de su cumpleaños. Monsiváis señalaba que “la diferencia entre un gato y otro es la diferencia entre un universo y otro”. Hoy, ella le pone flores frescas a su foto y le platica su día. No ha tenido compañía más noble y leal que la de ese pequeño universo llamado Willy.
El gato no habita el tiempo de los hombres, sino el de la eternidad. Es un tigre de bolsillo que nos permite, por un instante, entender por qué alguien le pone flores frescas a una fotografía.
Cirilo fue mi chico francés. Lo veía cada sábado mientras se acicalaba y daba vueltas en el descanso de su ventana. Apenas nos separaba un barrote. Al principio no dejaba que lo tocara y yo me limitaba a tomarle fotos. Eran instantes en los que se atrevía a mirarme y me reconocía como un ser más allá de sus bigotes. Un día vi un grafiti cerca de mi casa que decía “Monsieur Gato”. ¿Por qué no crear un gato artista que pintara? Cirilo fue el protagonista de mi primer cuento bien ejecutado.
Emily Dickinson describía al gato como una fiera que “corre sin que se le vean los pies” y con ojos que “crecen como esferas” ante la presa. Cirilo era ese acecho contenido. Hasta que un día el barrote que nos separaba dejó de existir. Saltó hacia mí, se enroscó en mi cuerpo y lo acaricié con la urgencia de quien toca lo prohibido. No me importaron las consecuencias. Cirilo dejó de ser un modelo para mis cuentos y se convirtió en mi propia roncha de felicidad.
Al no poder poseer a los gatos con las manos, no me queda más remedio que aprender a acariciarlos con las palabras.
Mandarino es el gato más salvaje de mi colección: de pelaje naranja y con estrabismo. Muerde, araña, rasguña y toma posesión de la cama o de lo que se le ponga enfrente. A veces toma posesión del vientre que alguna vez fue mío. Clava sus garras, muerde y rasga sin piedad mientras él y yo platicamos de cualquier otra cosa que no sea “lo nuestro”.
Mandarino ronronea cuando está cerca de él, supongo que yo hacía lo mismo. Siempre nos permitimos estar con otros felinos para nutrir la colección de cada uno. Revivimos “La Chatte” de Colette a nuestra manera, siempre nos permitimos ver a otros gatos. Hasta que se nos interpuso la humana de Mandarino y mató el sentimiento. Él es el rehén de una geografía compartida que ya no me pertenece. Es el único puente vivo hacia un pasado que ahora habita otra presencia.
Ella sabe que él aún siente cosas por mí y en su extraña obsesión me vigila a través de los ojos del animal. A Mandarino, en realidad, ni le va ni le viene nuestro conflicto. Él sigue siendo un gato: esa esfinge solitaria que, como intuía Baudelaire, se place en el horror tenebroso de nuestras pasiones sin mancharse las patas. Lo sigo amando por lo que perdimos. Ella usa al animal para reclamar un territorio que ya no le pertenece, mientras Mandarino bosteza sumido en un sueño sin prisa. Al final, los gatos son los únicos que conservan su vanidad intacta en medio de nuestras guerras humanas.
Escribir sobre ellos es la única forma de domar ese místico fulgor que el aire y mi sangre me prohíben tocar.
El resto de mi colección se limita a gatos que he visto en la calle. Sombras que cruzan el asfalto y que nunca sabrán de mi existencia. Son apariciones breves que no dejan gripa ni ronchas, pero que alimentan esta bitácora de deseos prohibidos. Mi colección no es de felinos, sino de ausencias. Acumulo el eco de los ronroneos que mi cuerpo no me deja sostener y los nombres de aquellos que el tiempo, la muerte o la voluntad ajena me arrebataron. Los admiro, los escribo y los dejo ir, sabiendo que mi única forma de tocarlos sin morir en el intento es ponerles un punto final.
Foto de Aldo Houtkamp en Unsplash



