Calibán sabe. Mueve su cola al compás del tiempo. Su cuerpo se desliza como la gota de agua resbalando con suavidad sobre la cornisa. Abre sus ojos verdes y avisa. Revisa. Concluye. Me acompaña sin consuelo porque su presencia me cuida y resguarda, con calma. Se envuelve en mi cuello, como cuando bebé, y ronronea y nos arrulla, a los dos; ronca con dulzura, babea profuso, luego, silencio. Me espera al final del día en la ventana. Él me espera, él me aguanta. Me sostiene sin dificultad porque en sus ojos no hay verdad oculta ni impaciencia alguna, algo más ocurre en su mente. Nos miramos a los ojos fijamente, le doy indicaciones sin decirlas. Calibán, ven, entra a la casa. Vivimos en una habitación subterránea en esa casa cuya puerta principal da a una escalera; la señal falla y el frío recrudece bajo la tierra. No llega la luz del sol, no directamente. Me despierta su jugueteo con las llaves que cuelgan de la puerta, con su tentativa de arrojar todo cuanto halle en el escritorio. Maúlla o se queja, cuando reniega con mis besos, de seguro, para él, exagerados. ¿Qué no sabes, Calibán, que te amo? Lo sabe y le importa, cuenta con ello. Cuando se escapa salvaje y explora tejados, lo encuentro llamando su nombre en la acera, si no viene a mí, avanzo a buscarlo y mientras modulo mi voz, él responde. Escucho ese llanto de niño perdido para descubrirlo sucio de aceite para carro, olor a neumático y naufragio. Sin heridas, sin collar, y, sin embargo, de vuelta. Nos metemos a la regadera juntos y lo envuelvo con mis brazos bajo el chorro tibio que nos abraza. Maúlla quejumbroso y yo le hablo frotando su pelaje. Afuera nos espera una cama tibia con toallas secas. Él se queda arropado y quieto mientras termino de asearme, con sus ojos grandes como a punto de llorar. Si vuelve a tener la oportunidad, saldrá de nuevo, le gusta el mundo. Le gusta el movimiento de los coches, no le asusta la gente del autobús, no le espanta el horizonte inmenso. Antes, cuando vivíamos con perros, lo sacaba en su mochila de paseo y caminábamos por el parque. Veía en sus ojos la sorpresa vigorizante del afuera, él sabe que, si se arroja, capaz vuela ―o nada― entre la muchedumbre absurda de vida que respira a nuestros costados. Cuando lo acuño en mi pecho, su corazón comprueba su existencia. Por favor Calibán no te mueras nunca. No le gusta el desorden: cuando el miedo sucumbe en mi cual ola rompiéndose en la orilla y la entropía de mi cabeza estalla en nuestros alrededores, él se pasea escurridizo por los escombros del colapso como si checara mi pulso, que mi esternón baje y se levante, respirando. Apuesta, por mí, a que también voy a levantarme. Cuando limpio la habitación, él se extiende en el suelo o en la cama, reconociendo sus dominios impecables e inunda mi pequeña casa improvisada de armonía; no hay guerra a su lado ni hambre en su compañía, no se siente el vacío de estar vivo ni el asombro perpetuo de haber nacido. Su soltura me concede una única certeza: que él está conmigo. Él elige quedarse y habitar cada rincón que proclamo, con mis intentos, como nuestro. Él cabe donde yo descanse las trajinadas corrientes de mis caudalosos ríos. Él me quiere, porque si no, ya se habría ido. ¿No, Calibán?

Foto de Muhammad Shakir en Unsplash
Previous articleMelquíades
Miroslava Sarmiento
Me llamo Miroslava Sarmiento y vivo en Zacatecas, México. Estudié letras, pero sobre literatura aprendí leyendo y conversando. Tengo 26 años, soy tesista de licenciatura y la escritura ha salvado mi vida muchas veces.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here