Al general Fierro le gustaba colgar los cuerpos de los árboles. Era un gusto que adquirió durante las guerras y conservó a lo largo de los años. Cada vez que se peleaba con alguien, la solución era colgarlo del árbol y verlo retorcerse. Disfrutaba verlos tirar patadas y manotear hasta que abrían la boca bien grande y sus extremidades parecían hilos. Por eso en el pueblo nadie le reclamaba nada. Todos lo respetaban o le temían y para él, respeto y miedo eran lo mismo.
Un día llegó una compañía maderera y comenzó a talar todos los árboles. Pero dicen que de todos los árboles que había en el pueblo, el único que conservaron era el que estaba frente a la casa del “bandido”. Les advirtió que si lo tocaban, los arrastraría por todo el pueblo al galope de su caballo. Nadie tocó el árbol y la compañía maderera se fue. Con el tiempo, el general Fierro murió. La gente comenzó a plantar árboles y el pueblo se llenó otra vez de verde. Pero todos saben cuál es el árbol donde el general Fierro colgaba todos los cuerpos. Ese árbol, hasta hoy, sólo da frutos podridos.

