Todo lo que queda fuera
pertenece a la telaraña de Gill,
reino de la conjetura,
de la leyenda, de la mujer que fue.
Es el surgimiento, la existencia,
la estructura de un universo,
fuerza que no busca complemento
sino colaboración armoniosa
de esperanzas y temores:
sol que vivifica los hilos de plata.
Gill, a lo largo de los años,
ha persistido,
la lucha continúa,
pies de batalla
que se niegan a ser calzados
por el zapato de algún
fulminante dictador de la moda.
Gill contempla al mundo
a través de la ventana,
evitando que su energía
se agote. Palidez que revela
un alma que suspira,
que se niega a ser frágil, vulnerable,
y lo menos inexistente posible.
Gill ríe contra los caprichos
de la intemperie: la lluvia
que borra el contorno de las cejas,
el color de las mejillas;
el viento que desordena los rizos,
que irrita los ojos,
que arremolina la ropa.
Gill se desplaza a tientas
en una anatomía
que desemboca en la sorpresa,
traspasa los límites
y ostenta con orgullo
las deformaciones de su cuerpo.
Movimiento brusco,
antojo satisfecho,
cuando sus relámpagos azules
atraviesan los jardines de Babilonia.
Gill se entrega
a lo que atesora sin pensar.
Mujer de aspecto estético
y ético, mujer que derriba
las paredes de su celda,
que a su manera
y en sus circunstancias
niega lo convencional,
estremece lo establecido
y realiza lo auténtico.
Gill siente, en cada latido,
en cada gesto,
una eminencia de fuga,
caos que desencadena
los poderes de la aniquilación,
evidenciándose como necesaria,
llamándose así,
Gill tulipán.


