Como cada año y como en cada década, lxs estudiantes siguen ardiendo, aunque pregunten con cinismo si sus derechos ya están concedidos, si ya son “libres”. Libres, dicen; pero una libertad que se condiciona desde arriba: administrada, domesticada, encadenada a reglamentos redactados por el mismo poder. Porque pasa el tiempo y cambian los uniformes, los discursos, hasta los rostros que presiden; pero no cambian las formas de oprimir al de menor rango, al que incomoda por cuestionar, al que se atreve a señalar la podredumbre del sistema sostenido sobre cuerpos explotados y conciencias adormecidas.
        Y como hace un siglo, cuando las asambleas gritaban desde adentro o desde afuera, hoy los gritos no se apagan: hoy gritan en la UDG, en la ENES, en la UAM, en las normales rurales y en toda la educación “pública”, que de pública solo le queda el estigma social y la nota roja en los periódicos, cuando se destrozan monumentos que no significan nada, cuando protestan, cuando rompen.
        Pero ahí siguen marchando en las calles y en las avenidas tomadas, marchando con más de una bandera: Palestina libre, pueblos libres; educación, trabajo y voz en libertad. Ese estudiante entiende que su lucha no es solo suya, sino la del compañero, la de la compañera de enfrente, la del docente que resiste en silencio o que milita con miedo a perder su trabajo, la de la madre que sostiene con tres empleos al hijo que protesta, la del obrero que fabrica el futuro mientras apenas sobrevive al presente. Esta resistencia es la verdadera memoria colectiva, la historia que no se debe olvidar, la historia que se debe nombrar y las luchas que seguirán.
        Porque si el poder se recicla, también lo hace la rebeldía y la dignidad. Las luchas seguirán, porque no se trata de esperar que el sistema ceda, sino de recordar que nunca lo hará: por eso hay que romperlo, desmontarlo, prenderle fuego simbólico, —o uno real, si es necesario—.

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Dorali Abarca Gutiérrez
Mi nombre es Dorali Abarca Gutiérrez, crecí en Paracho, el mundo de las guitarras, entre la milpa de maíz y la cultura purépecha, actualmente radico en Morelia, capital del estado de Michoacán. Soy feminista, perseguidora de la libertad, apartidista, amante de la literatura latinoamericana.

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