En tu mirada
la luz caía como un agua seca,
en profundos círculos
de miel sombría.
Luz negra, luz divina,
luz de las grandes ojeras;
pupilas tenebrosas
que dan los amores
y las muertes.
Boca de nieve,
donde tus dulces labios
la primavera imprime;
lirio perfumado de las estrellas castas,
joya de los abriles,
mítica estrofa de canto celeste.
Copa de mal,
copa con alas,
fantasma blanco
envuelto en caracoles y cigarras.
Subí con lenta majestad y, a tus bordes,
mis regalados labios apretaste.
Ni una gota siquiera, ni una,
del bálsamo perdí que hubo en tu beso.
Tu cabeza de risos oscuros
con mi mano requería,
porque de mí tus labios generosos
no se apartarán.
Blanda como el beso,
perdí el mundo de vista y sus ruidos
y su bárbara batalla; a ti me transfundía.
La vida entera
sentí que al abrazarte, abrazaba.
Un clima de oro maduraba
apenas las diurnas longitudinales de tu cuerpo
llenando de frutas extendidas
y de un fuego oculto que es más luz,
que la blanca del Sol
y las azules de los cielos.


