Estoy recostada en el sillón. Mis párpados pesan, se cierran solos por el cansancio que invade mi cuerpo. El murmullo de la televisión me adormece.

Entre sueños escucho el crujir de las escaleras, las puertas y el piso de madera, como si la casa estuviese a punto de resquebrajarse y tragarme con ella. De sus grietas inhalan y exhalan susurros de voces espectrales que rozan mi piel. 

Siento que me observa. No solo cuando duermo, sino siempre; al ducharme, al cepillarme frente al espejo, cuando limpio la sangre coagulada entre los estrechos pasillos y las espesas gotas que caen desde el techo y manchan las alfombras. 

Mi cuerpo no me obedece. Los golpes detrás de las paredes comienzan a introducirse en mi cabeza, rápidamente se vuelven frenéticos y se clavan sobre mi cráneo. Hacen vibrar los cristales y chocan contra las puertas. Escucho el chirrido de la madera cuando los muebles se arrastran por la habitación y se detienen de un golpe seco.

Recupero el poder de mi cuerpo y noto el sudor frío correr por mi nuca. Las piernas apenas me sostienen. Trato de no encogerme. El ruido de la televisión me aturde, y al bajar el volumen, observo a mi alrededor; la mesa, las sillas, los documentos y la cristalería destrozada. 

El volumen de la televisión queda en cero. 

No escucho ningún golpe, ningún crujido.

Sabe que estoy despierta. La humedad de la casa me envuelve, sus tripas rugen y su aliento se hace pesado.

Foto de Darya Karaliova en Unsplash

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Ana Lima
Ana Lima (24 años) Escritora y directora de cortometrajes independientes. Ávida lectora de diversos géneros. Involucrada en diversas ramas del arte.

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