Un hombre delgado de cabello negro y rizado ve a lo lejos a un grupo de jóvenes que se disponen a manifestarse en un acto literario. Segundos después, se escuchan abucheos hacia los invitados en la tarima del evento. Algunos muy bien vestidos. Son funcionarios de cultura que sonríen de esquina a esquina en tanto las fotos dejan constancia de su labor.
Con su mano derecha toca su costado para sacar una cajetilla de cigarros; con la izquierda, señala a los jóvenes que un grupo de policías se encaminan a su encuentro. Dos minutos después, los abucheos se transforman en un forcejeo de palabras y movimientos sin ritmo, acompañados por una extraña mezcla de música: el organillero de la esquina contraria y Lucha de gigantes de Nacha Pop. Los asistentes no saben muy bien qué hacer, si amagar a los policías, apoyar la continuación del evento o callar a los organilleros. Están divididos.
Como una estrella distante, los hombres ven resecos los labios y gestos de los rebeldes, signos de ira y rabia; ellos, en cambio, fantasean con el poder curativo de la lectura. Ideas que no tendrán efecto en la juventud.
Sin el humo del cigarro, Roberto apresura el paso para interponerse al conflicto. Sus gafas redondas y su acento indefinible ⎯ni del todo mexicano, ni español, ni chileno⎯ hacen que una policía lo reconozca. Es poco el tiempo que pasa aturdida, entre las órdenes de un funcionario y la cara pálida de una mujer de cultura que parece decirle: «Es el invitado».
Hace cálculos: si ignora al funcionario, siente que la suspenderán y no le pagarán el día. Lo imagina a él, regañado por un superior ⎯aún mejor vestido⎯, llegando a su casa en un auto híbrido, tocando el claxon enfurecido y recibiendo las buenas noches de un sirviente. Decide, que de algún modo, el escritor velará por ella y que los trece días que lleva en el trabajo no han sido del todo malos.
Todo lo que empieza como comedia, termina como tragedia.
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Maravilloso!