Cuando los padres intercambian miradas asustados y sonrojados, a causa de la cándida pregunta de su púber hijo respecto a unos extraños pelos en lugares antes lampiños; cuando indignados escudriñan la nota roja del periódico; en los cafés, donde apasionadamente una fémina defiende a gritos la vida con respecto al aborto frente a la feminista de convicción: Cuando vemos eso en la vida cotidiana, y la gran mayoría de temas polémicos, los asimilamos simplemente como tabú.
Antiguamente, lo escondido y esotérico era considerado tabú; durante mucho tiempo, el sexo ha sido uno de los temas más tabú, por su carácter “pecaminoso y vulgar”, como la gente lo tachaba. Conforme evolucionan las sociedades y los tiempos, los temas tabú cambian. El debate se prende entorno a ellos.
Schopenhauer, el filósofo alemán, apoyaba la idea de que el hombre vivía sometido a su condición de debilidad; alegaba que existimos bajo el yugo del deseo, cuando lo alcanzamos termina por aburrirnos y –como si fuéramos un péndulo que oscila entre los dos-, nos sumergimos en una infelicidad sempiterna, pues siempre querremos más y más…
Quizá es por eso que algunos deseos son reprimidos: Porque la sociedad considera ímprobo y como una clara falta a las buenas costumbres, allí la razón que lo hace un espejismo delicioso y seductor: porque está prohibido.
¿Entonces lo tabú refleja la doble moral de una sociedad que, aunque se considere atea y laicista, es claramente de tendencia conservadora y de corte cristiano?
¡Gracias a Dios, los demás no pueden leer los pensamientos!
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